Envidiar

Сеть зла

Envidiar

Envidiar consiste en sentir tristeza, resentimiento o molestia por el bien que otra persona posee, recibe o alcanza. La envidia no se limita a desear algo semejante; también puede incluir el deseo secreto de que el otro pierda su bendición, fracase o deje de recibir reconocimiento.

La envidia puede dirigirse hacia la apariencia, el dinero, la familia, el matrimonio, los dones, la posición, las amistades, el ministerio, la inteligencia o las oportunidades de otra persona.

La Biblia condena la envidia porque nace de la comparación, la ingratitud, el orgullo y la falta de amor. En lugar de alegrarse por el bien ajeno, el envidioso interpreta la bendición de otro como una pérdida personal.

Versículo principal

Proverbios 14:30:
“El corazón apacible es vida de las carnes; mas la envidia es carcoma de los huesos.”

La envidia consume interiormente. Puede no ser visible al principio, pero desgasta la paz, altera los pensamientos y contamina las relaciones.

La persona envidiosa puede sonreír exteriormente mientras por dentro se entristece por el éxito de alguien. Puede felicitar con palabras, pero desear secretamente que la bendición termine.

Dios llama al creyente a cultivar un corazón apacible, agradecido y libre de rivalidad.

La envidia pertenece a las obras de la carne

Gálatas 5:19-21:
“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes á éstas: de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.”

Pablo incluye la envidia entre las obras de la carne. No es un sentimiento pequeño que pueda alimentarse sin consecuencias.

La envidia puede producir:

  • Rivalidad.

  • Murmuración.

  • Crítica injusta.

  • Chisme.

  • Alegría por el fracaso ajeno.

  • Deseo de quitar oportunidades.

  • Sabotaje.

  • División.

  • Odio.

  • Violencia.

Cuando la envidia se practica y se justifica, demuestra que la carne está gobernando el corazón.

El amor no tiene envidia

1 Corintios 13:4-6:
“La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no hace sinrazón, no se ensancha; no es injuriosa, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; no se huelga de la injusticia, mas se huelga de la verdad.”

El amor verdadero se alegra cuando otra persona recibe algo bueno. No considera que las bendiciones ajenas disminuyan nuestro propio valor.

La envidia, en cambio, dice:

  • “No merece lo que tiene”.

  • “Yo debería estar en su lugar”.

  • “Seguramente obtuvo eso de manera injusta”.

  • “Espero injusta”.

  • “Espero que no le dure”.

  • “No es tan bueno como todos piensan”.

  • “Yo podría hacerlo mejor”.

  • “Dios siempre bendice a otros y se olvida de mí”.

Estas expresiones revelan un corazón que no sabe gozarse con el bien ajeno.

Debemos alegrarnos con quienes se alegran

Romanos 12:15:
“Gozaos con los que se gozan: llorad con los que lloran.”

El amor cristiano acompaña tanto el dolor como la alegría.

Puede ser más fácil llorar con alguien que celebrar sinceramente su éxito, especialmente cuando recibió algo que nosotros también deseábamos.

Debemos aprender a alegrarnos cuando otra persona:

  • Se casa.

  • Tiene hijos.

  • Consigue trabajo.

  • Compra una vivienda.

  • Recibe una oportunidad.

  • Desarrolla un don.

  • Es reconocida.

  • Prospera económicamente.

  • Ve crecer su ministerio.

  • Supera una enfermedad.

  • Cumple una meta.

La bendición de otra persona no significa que Dios se haya olvidado de nosotros.

Caín envidió a Abel

Génesis 4:3-8:
“Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda á Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, y de su grosura. Y miró Jehová con agrado á Abel y á su ofrenda; mas no miró propicio á Caín y á la ofrenda suya. Y ensañóse Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces Jehová dijo á Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué se ha inmutado tu rostro? Si bien hicieres, ¿no serás ensalzado? y si no hicieres bien, el pecado está á la puerta: con todo esto, á ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. Y habló Caín á su hermano Abel: y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y le mató.”

Caín pudo examinar su propia ofrenda y corregir su conducta. En lugar de hacerlo, dirigió su enojo contra Abel.

La envidia impide asumir responsabilidad. La persona piensa que su problema es la presencia, el éxito o el reconocimiento del otro, cuando el verdadero problema se encuentra en su propio corazón.

Dios advirtió a Caín antes de que actuara. El pecado estaba a la puerta, pero él debía dominarlo.

La envidia debe confrontarse desde sus primeras señales.

Los hermanos de José fueron movidos por envidia

Génesis 37:11:
“Y sus hermanos le tenían envidia, mas su padre paraba la consideración en ello.”

Génesis 37:18-20:
“Y como ellos lo vieron de lejos, antes que cerca de ellos llegara, proyectaron contra él para matarle. Y dijeron el uno al otro: He aquí viene el soñador; ahora pues, venid, y matémoslo y echémosle en una cisterna, y diremos: Alguna mala bestia lo devoró: y veremos qué serán sus sueños.”

La envidia de los hermanos de José se convirtió en odio, conspiración, mentira y crueldad.

El favoritismo de Jacob fue incorrecto, pero no justificó la maldad de los hermanos.

La envidia puede comenzar con una comparación y terminar deseando destruir aquello que otra persona recibió.

Saúl envidió a David

1 Samuel 18:7-9:
“Y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió sus miles, y David sus diez miles. Y enojóse Saúl en gran manera, y desagradó esta palabra en sus ojos, y dijo: Á David dieron diez miles, y á mí miles; no le falta más que el reino. Y desde aquel día Saúl miró de través á David.”

Saúl dejó de ver a David como un servidor fiel y comenzó a verlo como una amenaza.

La envidia altera la manera de mirar. Hace que una persona interprete el talento ajeno como competencia y la bendición ajena como peligro.

Desde aquel momento, Saúl intentó destruir a quien Dios estaba utilizando.

La envidia ministerial, laboral o familiar puede producir la misma conducta cuando alguien desacredita, bloquea o persigue a quien considera rival.

Los líderes religiosos envidiaron a Jesús

Mateo 27:17-18:
“Y juntos ellos, les dijo Pilato: ¿Cuál queréis que os suelte? ¿á Barrabás, ó á Jesús que se dice el Cristo? Porque sabía que por envidia le habían entregado.”

La envidia puede esconderse detrás de argumentos religiosos. Los líderes hablaban como si defendieran la ley, pero Pilato reconoció que una de sus motivaciones era la envidia.

Jesús atraía multitudes, enseñaba con autoridad y denunciaba su hipocresía. En lugar de arrepentirse, buscaron destruirlo.

Esto demuestra que una persona puede utilizar lenguaje espiritual para encubrir rivalidad, orgullo y temor a perder influencia.

La envidia puede disfrazarse de crítica

Cuando alguien prospera, la persona envidiosa puede comenzar a buscar defectos para reducir su valor.

Puede decir:

  • “No es tan espiritual como parece”.

  • “Solo tuvo suerte”.

  • “Seguro alguien lo ayudó”.

  • “Lo hace para llamar la atención”.

  • “No merece ese puesto”.

  • “Todos lo admiran, pero yo sé cómo es”.

  • “Su matrimonio no debe ser tan bueno”.

  • “Ese ministerio solo crece por publicidad”.

Algunas críticas pueden ser verdaderas y necesarias. Sin embargo, debemos examinar si nuestra motivación es corregir o disminuir a la persona para sentirnos mejor.

Santiago 3:14:
“Pero si tenéis envidia amarga y contención en vuestros corazones, no os gloriéis, ni seáis mentirosos contra la verdad.”

No debemos disfrazar la envidia de discernimiento.

La envidia produce perturbación y malas obras

Santiago 3:15-16:
“Que esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrena, animal, diabólica. Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.”

Donde la envidia gobierna, aparece desorden.

Puede causar:

  • División entre hermanos.

  • Competencia dentro de la iglesia.

  • Conflictos familiares.

  • Sabotaje en el trabajo.

  • Rumores.

  • Acusaciones falsas.

  • Favoritismo.

  • Rechazo.

  • Manipulación.

  • Alegría por la desgracia ajena.

La sabiduría de Dios no produce estas cosas. Es pura, pacífica y llena de misericordia.

Santiago 3:17:
“Mas la sabiduría que es de lo alto, primeramente es pura, después pacífica, modesta, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, no juzgadora, no fingida.”

La envidia puede aparecer entre hermanos

Las familias pueden alimentar envidia cuando comparan constantemente a sus hijos.

La envidia entre hermanos puede surgir por:

  • Mayor atención de los padres.

  • Diferencias económicas.

  • Talentos.

  • Apariencia.

  • Estudios.

  • Matrimonio.

  • Herencias.

  • Responsabilidades.

  • Reconocimiento.

Los padres deben evitar frases como:

  • “Tu hermano sí es responsable”.

  • “Mira cómo ella sí progresa”.

  • “Él siempre fue el inteligente”.

  • “Nunca serás como tu hermana”.

Estas comparaciones pueden sembrar rivalidad y resentimiento.

Efesios 6:4:
“Y vosotros, padres, no provoquéis á ira á vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.”

La envidia puede aparecer en las amistades

Un amigo envidioso puede sentirse incómodo cuando el otro:

  • Hace nuevas amistades.

  • Recibe reconocimiento.

  • Mejora económicamente.

  • Se casa.

  • Desarrolla nuevas capacidades.

  • Recibe una oportunidad.

  • Se vuelve más visible.

Puede comenzar a criticar, competir o retirarse emocionalmente.

Proverbios 17:17:
“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.”

El amigo verdadero no acompaña solamente en el dolor. También sabe celebrar el crecimiento y la alegría de la otra persona.

Una amistad que solo funciona mientras ambos permanecen en el mismo nivel puede estar sostenida por comparación y no por amor verdadero.

La envidia dentro del matrimonio

Puede existir envidia cuando un cónyuge recibe mayor reconocimiento, gana más dinero, tiene más amistades o desarrolla capacidades visibles.

En lugar de alegrarse, la otra persona puede sentirse amenazada y comenzar a:

  • Minimizar sus logros.

  • Desanimarlo.

  • Ridiculizar sus proyectos.

  • Impedir oportunidades.

  • Competir.

  • Reclamar atención de manera constante.

  • Hacerle sentir culpa por prosperar.

El matrimonio no debe ser una competencia. Los logros de uno pueden convertirse en bendición para ambos cuando existe amor y unidad.

Filipenses 2:3-4:
“Nada hagáis por contienda ó por vanagloria; antes bien en humildad, estimándoos inferiores los unos á los otros: no mirando cada uno á lo suyo propio, sino cada cual también á lo de los otros.”

La envidia puede aparecer en la iglesia

Los creyentes pueden envidiar:

  • Dones espirituales.

  • Oportunidades para predicar.

  • Reconocimiento pastoral.

  • Cantidad de seguidores.

  • Crecimiento de un ministerio.

  • Capacidad musical.

  • Conocimiento bíblico.

  • Recursos económicos.

  • Influencia.

  • Posiciones de liderazgo.

1 Corintios 3:3-7:
“Porque todavía sois carnales: pues habiendo entre vosotros celos, y contiendas, y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo cierto soy de Pablo; pues el otro: Yo de Apolos; ¿no sois carnales? ¿Qué pues es Pablo? ¿y qué es Apolos? Ministros por los cuales habéis creído; y eso según que á cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, Apolos regó: mas Dios ha dado el crecimiento. Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento.”

Todo don y todo crecimiento proceden de Dios. Nadie debe tratar el servicio cristiano como una competencia personal.

Cuando otro ministerio produce fruto, debemos dar gloria al Señor en vez de buscar razones para desacreditarlo.

Cada persona recibe dones diferentes

Romanos 12:4-6:
“Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, empero todos los miembros no tienen la misma operación; así muchos somos un cuerpo en Cristo, mas todos miembros los unos de los otros. De manera que, teniendo diferentes dones según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme á la medida de la fe.”

La diversidad de dones no significa desigualdad de dignidad.

La mano no debe envidiar al ojo ni el pie desear dejar de ser pie. Cada miembro cumple una función particular.

La envidia hace que despreciemos lo que Dios nos dio porque estamos concentrados en lo que dio a otro.

En lugar de preguntar: “¿Por qué no tengo su don?”, debemos preguntar: “¿Estoy utilizando fielmente el que recibí?”.

Envidiar la apariencia

La comparación física puede producir envidia hacia el cuerpo, rostro, edad, cabello, peso o estilo de otra persona.

Esto puede llevar a:

  • Desprecio del propio cuerpo.

  • Crítica contra quien es considerado atractivo.

  • Competencia.

  • Gastos irresponsables.

  • Obsesión por la aprobación.

  • Cirugías impulsivas.

  • Tristeza constante.

  • Desórdenes alimentarios.

1 Samuel 16:7:
“Y Jehová respondió á Samuel: No mires á su parecer, ni á lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová mira no lo que el hombre mira; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón.”

Dios mira más allá de la apariencia. Debemos cuidar el cuerpo con gratitud, pero no convertir la belleza en nuestra medida de valor.

Envidiar las posesiones

Éxodo 20:17:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.”

La envidia puede dirigirse hacia:

  • Una vivienda.

  • Un vehículo.

  • Ropa.

  • Viajes.

  • Tecnología.

  • Negocios.

  • Ahorros.

  • Comodidades.

  • Estilo de vida.

La publicidad y las redes sociales pueden hacer que una persona se sienta pobre aunque tenga lo necesario.

La codicia dice: “No estaré bien hasta tener lo que otro tiene”.

Dios llama al contentamiento.

Las redes sociales alimentan la envidia

Las redes muestran momentos seleccionados, logros y apariencias cuidadosamente presentadas.

La persona puede comparar su vida completa con la parte más atractiva de la vida ajena.

Puede pensar:

  • “Todos avanzan menos yo”.

  • “Todos tienen mejores familias”.

  • “Todos viajan”.

  • “Todos son más felices”.

  • “Todos reciben más atención”.

  • “Mi vida no vale nada”.

Pero una publicación no muestra todas las luchas, deudas, temores y conflictos.

Puede ser necesario:

  • Limitar el tiempo de uso.

  • Dejar de seguir ciertas cuentas.

  • No revisar estadísticas constantemente.

  • Evitar publicar para competir.

  • Practicar gratitud.

  • Recordar que una imagen no revela toda la realidad.

Envidiar a los impíos

A veces el creyente observa que personas desobedientes prosperan y siente envidia.

Salmos 73:2-3:
“Mas yo, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los insensatos, viendo la prosperidad de los impíos.”

Asaf fue honesto sobre su lucha. Parecía que los impíos prosperaban mientras él sufría.

Sin embargo, después comprendió que estaba observando solamente la situación presente y no el final.

Salmos 73:16-17:
“Pensaré para saber esto: es á mis ojos duro trabajo, hasta que venido al santuario de Dios, entenderé la postrimería de ellos.”

No debemos envidiar una prosperidad temporal que está separada de Dios.

Una persona puede tener dinero, fama y comodidad, pero carecer de paz, esperanza y vida eterna.

No debemos envidiar a los pecadores

Proverbios 23:17-18:
“No tenga tu corazón envidia de los pecadores, antes persevera en el temor de Jehová todo tiempo: porque ciertamente hay fin, y tu esperanza no será cortada.”

La vida pecaminosa puede parecer libre y atractiva desde afuera. Pero no debemos desear sus placeres, ganancias o popularidad.

El temor de Dios tiene un final mejor. La obediencia puede exigir sacrificio presente, pero contiene verdadera esperanza.

La envidia nos impide agradecer

1 Tesalonicenses 5:18:
“Dad gracias en todo; porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.”

La gratitud mira lo que Dios ha dado. La envidia mira únicamente lo que falta.

Una persona puede tener familia, alimento, salud y oportunidades, pero sentirse miserable porque otro posee algo diferente.

Agradecer no significa renunciar a toda meta. Significa trabajar y crecer sin despreciar las bendiciones presentes.

Debemos aprender contentamiento

Filipenses 4:11-13:
“No lo digo en razón de indigencia, pues he aprendido á contentarme con lo que tengo. Sé estar humillado, y sé tener abundancia: en todo y por todo estoy enseñado, así para hartura como para hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”

El contentamiento se aprende. No depende de tener lo mismo que otros, sino de encontrar fortaleza y satisfacción en Cristo.

La persona contenta puede reconocer deseos legítimos sin permitir que estos controlen su paz.

Puede decir:

  • “Me gustaría recibir eso, pero agradezco lo que tengo”.

  • “Su bendición no disminuye la mía”.

  • “Esperaré el tiempo de Dios”.

  • “Trabajaré fielmente sin resentimiento”.

  • “Puedo alegrarme por él”.

La envidia puede llevar a alegrarse del fracaso ajeno

Proverbios 24:17-18:
“Cuando cayere tu enemigo, no te huelgues; y cuando tropezare, no se alegre tu corazón: no sea que Jehová lo mire, y le desagrade.”

Si no debemos alegrarnos por la caída de un enemigo, mucho menos por la de un amigo o hermano.

La envidia puede sentirse satisfecha cuando la persona admirada:

  • Pierde una oportunidad.

  • Fracasa en un proyecto.

  • Es criticada.

  • Sufre problemas matrimoniales.

  • Pierde dinero.

  • Comete un error.

  • Deja de recibir atención.

Esa satisfacción revela que no deseábamos verdaderamente su bien.

La envidia puede destruir la reputación ajena

Cuando alguien no puede alcanzar lo que otro tiene, puede intentar reducir su valor mediante chismes o acusaciones.

Proverbios 10:18:
“El que encubre el odio es de labios mentirosos; y el que echa mala fama es necio.”

La persona envidiosa puede exagerar defectos, divulgar errores y atribuir malas intenciones sin pruebas.

No debemos utilizar información verdadera ni falsa para destruir a quien consideramos rival.

Admirar no es lo mismo que envidiar

Es posible reconocer una cualidad y desear desarrollarla sin resentimiento.

La admiración sana dice:

  • “Su disciplina me inspira”.

  • “Quiero aprender de su generosidad”.

  • “Su trabajo me anima a esforzarme”.

  • “Agradezco el don que Dios le dio”.

La envidia dice:

  • “Quiero quitarle su lugar”.

  • “Me molesta que sea reconocido”.

  • “Deseo que fracase”.

  • “No puedo alegrarme mientras tenga más que yo”.

Podemos imitar buenos ejemplos sin competir.

1 Corintios 11:1:
“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.”

Desear algo legítimo no siempre es envidia

Una persona puede desear casarse, conseguir empleo, desarrollar un don o mejorar su situación económica sin pecar.

El deseo se convierte en envidia cuando:

  • Produce resentimiento contra quien ya lo tiene.

  • Nos hace cuestionar la bondad de Dios.

  • Nos lleva a competir deshonestamente.

  • Destruye el contentamiento.

  • Nos hace desear la pérdida ajena.

  • Se convierte en obsesión.

  • Justifica el pecado para conseguirlo.

Debemos llevar nuestros deseos a Dios sin convertirlos en ídolos.

La envidia puede ser corregida mediante generosidad

Una manera de luchar contra la envidia es bendecir intencionalmente a la persona.

Podemos:

  • Felicitarla.

  • Orar por ella.

  • Recomendar su trabajo.

  • Defenderla de críticas injustas.

  • Ayudarla a crecer.

  • Agradecer a Dios por su don.

  • Celebrar sus avances.

Esto confronta el deseo de competir y enseña al corazón a procurar el bien ajeno.

Filipenses 2:4:
“No mirando cada uno á lo suyo propio, sino cada cual también á lo de los otros.”

Debemos reconocer la soberanía de Dios

Juan 3:27:
“Respondió Juan, y dijo: No puede el hombre recibir algo, si no le fuere dado del cielo.”

Juan el Bautista comprendió que las oportunidades y responsabilidades proceden de Dios.

Cuando sus discípulos observaron que muchas personas seguían a Jesús, Juan no reaccionó con envidia.

Juan 3:30:
“Á él conviene crecer, mas á mí menguar.”

La humildad puede alegrarse cuando Cristo es glorificado, aunque otra persona reciba mayor visibilidad.

Cada persona debe ser fiel con lo recibido

Gálatas 6:4-5:
“Así que cada uno examine su obra, y entonces tendrá gloria sólo respecto de sí mismo, y no en otro. Porque cada cual llevará su carga.”

No daremos cuenta de los dones que recibió otra persona, sino de cómo utilizamos los nuestros.

La envidia distrae de la responsabilidad personal. Mientras observamos a otros, podemos descuidar lo que Dios puso delante de nosotros.

Debemos concentrarnos en:

  • Nuestra obediencia.

  • Nuestro crecimiento.

  • Nuestro servicio.

  • Nuestra familia.

  • Nuestros dones.

  • Nuestras oportunidades.

  • Nuestro carácter.

Señales de que la envidia está gobernando

Debemos examinarnos si:

  • Nos entristece el éxito ajeno.

  • Criticamos a quien recibe reconocimiento.

  • Nos alegramos cuando alguien fracasa.

  • Nos comparamos continuamente.

  • Nunca consideramos suficiente lo que tenemos.

  • Deseamos ocupar el lugar de otro.

  • Intentamos reducir sus logros.

  • Sentimos resentimiento al felicitar.

  • Buscamos defectos en quienes admiramos.

  • Publicamos para competir.

  • Nos irrita que otros sean escuchados.

  • No podemos orar por su prosperidad.

  • Creemos que la bendición ajena demuestra que Dios nos olvidó.

  • Justificamos rumores porque no nos agrada la persona.

Cómo abandonar la envidia

El creyente debe:

  • Confesar la envidia delante de Dios.

  • Reconocer específicamente a quién envidia y por qué.

  • Dejar de compararse.

  • Agradecer diariamente por bendiciones concretas.

  • Felicitar sinceramente a quien prospera.

  • Orar por el bien de esa persona.

  • Rechazar la murmuración y el chisme.

  • No alegrarse de su caída.

  • Limitar redes sociales cuando alimentan comparación.

  • Utilizar fielmente sus propios dones.

  • Aprender de otros sin competir.

  • Recordar que cada persona tiene un llamado distinto.

  • Confiar en el tiempo de Dios.

  • Practicar generosidad.

  • Buscar contentamiento en Cristo.

  • Reparar cualquier daño causado por rivalidad o difamación.

El fruto del Espíritu vence la envidia

Gálatas 5:22-24:
“Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley. Porque los que son de Cristo, han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias.”

El Espíritu produce amor, gozo y paz. Estas cualidades son contrarias a la envidia.

El amor se alegra por otros.
El gozo descansa en Dios.
La paz no necesita competir.
La mansedumbre no busca superioridad.
El dominio propio rechaza pensamientos resentidos.

La solución no consiste solamente en ocultar la envidia, sino en permitir que Dios transforme el corazón.

Nuestra identidad está en Cristo

Gálatas 2:20:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó á sí mismo por mí.”

Nuestro valor no depende de tener más belleza, dinero, éxito, seguidores o reconocimiento que otros.

Cristo nos amó y se entregó por nosotros. Esa verdad ofrece una seguridad que ninguna comparación puede producir.

Cuando nuestra identidad está en él, podemos admirar los dones ajenos sin sentir que nuestra dignidad está amenazada.

Dios no olvida nuestra fidelidad

Hebreos 6:10:
“Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado á su nombre, habiendo asistido y asistiendo aún á los santos.”

Tal vez otras personas reciban mayor reconocimiento humano. Sin embargo, Dios ve la fidelidad oculta.

Él conoce:

  • Las oraciones privadas.

  • Los sacrificios silenciosos.

  • La ayuda no publicada.

  • La obediencia difícil.

  • El servicio sin aplausos.

  • La perseverancia.

  • El trabajo hecho por amor.

No necesitamos competir para ser vistos por Dios.

Hay perdón para el corazón envidioso

1 Juan 1:9:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.”

La envidia debe confesarse, aunque nadie más la haya descubierto.

No basta con evitar acciones externas mientras continuamos alimentando resentimiento. Debemos presentar delante de Dios los pensamientos y pedir un corazón limpio.

Si la envidia nos llevó a difamar, sabotear o herir, también debemos pedir perdón y reparar el daño.

Conclusión

No debemos envidiar porque la envidia pertenece a las obras de la carne, consume la paz, destruye relaciones y puede conducir al odio, la murmuración y la violencia.

Caín envidió a Abel, los hermanos de José lo envidiaron y Saúl envidió a David. En todos estos casos, la envidia transformó una comparación interior en acciones destructivas.

El amor no tiene envidia. Sabe alegrarse cuando otros reciben bendición y no interpreta su éxito como una pérdida personal.

Admirar una cualidad o desear algo legítimo no es automáticamente pecado. Se convierte en envidia cuando produce resentimiento, competencia, ingratitud o deseo de que otro pierda lo que tiene.

Quien lucha con la envidia debe dejar de compararse, agradecer por lo recibido, utilizar fielmente sus propios dones y aprender a bendecir a quienes prosperan.

La bendición ajena no reduce nuestro valor. Dios tiene diferentes dones, tiempos y responsabilidades para cada persona.

El creyente no necesita competir para ser amado. Su identidad está en Cristo, quien lo amó y se entregó por él.

Por eso, en lugar de preguntar: “¿Por qué él tiene más?”, debemos decir: “Señor, gracias por lo que me has dado; ayúdame a ser fiel y a alegrarme sinceramente por el bien de los demás”.

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