Decir groserías

Decir groserías

Decir groserías consiste en utilizar palabras vulgares, obscenas, insultantes, blasfemas o degradantes para expresar ira, desprecio, inmoralidad o falta de dominio propio.

La Biblia enseña que las palabras revelan lo que hay en el corazón. Por eso, la manera de hablar no es un asunto insignificante. La boca del cristiano debe utilizarse para bendecir, edificar, enseñar, consolar y comunicar la verdad con gracia.

No toda palabra fuerte es automáticamente pecado. En ocasiones puede ser necesario hablar con firmeza, describir claramente una conducta grave o utilizar términos médicos y jurídicos. El problema aparece cuando el lenguaje busca herir, humillar, despertar pensamientos inmundos, expresar odio o convertir la vulgaridad en entretenimiento.

Versículo principal

Efesios 4:29:
“Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, para que dé gracia á los oyentes.”

Pablo no dice que solamente evitemos algunas palabras extremadamente ofensivas. Declara que ninguna palabra corrompida debe salir de nuestra boca.

La palabra del creyente debe tener un propósito diferente: edificar y comunicar gracia.

Antes de hablar debemos preguntarnos:

  • ¿Esta palabra edificará?
  • ¿Expresa respeto?
  • ¿Ayudará a resolver el problema?
  • ¿Podría decirla delante de Cristo?
  • ¿Está saliendo de ira, orgullo o inmundicia?
  • ¿Qué efecto producirá en quien la escucha?

Las palabras revelan el contenido del corazón

Mateo 12:34-35:
“Generación de víboras, ¿cómo podéis hablar bien, siendo malos? porque de la abundancia del corazón habla la boca. El buen hombre del buen tesoro del corazón saca buenas cosas: y el hombre malo del mal tesoro saca malas cosas.”

Jesús enseñó que la boca expresa aquello que llena el corazón. Las groserías no son solamente un problema de vocabulario. Pueden revelar:

  • Ira acumulada.
  • Desprecio.
  • Orgullo.
  • Inmundicia.
  • Falta de dominio propio.
  • Resentimiento.
  • Deseo de humillar.
  • Costumbre de consumir contenido vulgar.
  • Falta de temor de Dios.

Cambiar las palabras sin tratar el corazón puede producir una transformación superficial. La persona necesita permitir que Dios limpie sus pensamientos, emociones y motivaciones.

Cuando el corazón es lleno de la Palabra, gratitud y amor, la manera de hablar también comienza a cambiar.

Daremos cuenta de nuestras palabras

Mateo 12:36-37:
“Mas yo os digo, que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.”

Jesús declara que nuestras palabras tienen importancia delante de Dios. No desaparecen simplemente porque fueron pronunciadas en una discusión, una broma, un mensaje privado o una publicación en internet.

Daremos cuenta de:

  • Insultos.
  • Maldiciones.
  • Amenazas.
  • Comentarios obscenos.
  • Palabras blasfemas.
  • Apodos degradantes.
  • Bromas sexuales.
  • Expresiones crueles.
  • Palabras pronunciadas para destruir.

La frase “solo fue una palabra” no elimina su peso moral. Una palabra puede dejar una herida durante muchos años.

La boca no debe bendecir y maldecir

Santiago 3:9-10:
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos á los hombres, los cuales son hechos á la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, no conviene que estas cosas sean así hechas.”

No es coherente utilizar la boca para cantar, orar y predicar, y después emplearla para insultar y degradar a personas creadas a imagen de Dios.

La adoración no debe estar separada de la conducta diaria. La boca que honra al Señor en la congregación debe honrarlo también:

  • Dentro del hogar.
  • En el trabajo.
  • Al conducir.
  • Durante una discusión.
  • En los videojuegos.
  • En las redes sociales.
  • Entre amigos.
  • Cuando nadie importante está escuchando.

La verdadera espiritualidad también se demuestra en el lenguaje cotidiano.

La lengua puede encender grandes incendios

Santiago 3:5-6:
“Así también la lengua es un miembro pequeño, y se gloría de grandes cosas. He aquí, un pequeño fuego ¡cuán grande bosque enciende! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad.”

Una sola expresión ofensiva puede iniciar una pelea, destruir una amistad o provocar una reacción violenta.

Muchas discusiones aumentan porque una persona utiliza una palabra hiriente y la otra responde con una más fuerte. Así se forma una cadena de insultos y resentimiento.

La lengua puede:

  • Destruir confianza.
  • Provocar temor.
  • Humillar a un hijo.
  • Dañar un matrimonio.
  • Dividir amistades.
  • Crear conflictos laborales.
  • Debilitar a una persona emocionalmente.
  • Destruir el testimonio cristiano.

El creyente debe apagar el fuego antes de que se extienda.

Las palabras obscenas no convienen a los santos

Efesios 5:3-4:
“Pero fornicación y toda inmundicia, ó avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene á santos; ni palabras torpes, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen; sino antes bien acciones de gracias.”

Pablo relaciona las palabras torpes con la inmundicia. Esto incluye conversaciones y bromas que convierten la sexualidad, el cuerpo o el pecado en entretenimiento vulgar.

Las groserías obscenas pueden:

  • Despertar pensamientos impuros.
  • Normalizar la inmoralidad.
  • Degradar el cuerpo.
  • Convertir el sexo en motivo de burla.
  • Hacer tropezar a otros.
  • Endurecer la conciencia.
  • Acostumbrar a los jóvenes a la vulgaridad.

La alternativa bíblica es la acción de gracias. Un corazón agradecido produce una conversación diferente de un corazón dominado por inmundicia y amargura.

Las malas conversaciones corrompen

1 Corintios 15:33:
“No erréis: las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.”

La forma de hablar se aprende y se contagia. Una persona puede comenzar escuchando groserías, después reírse de ellas y finalmente incorporarlas a su vocabulario.

Esto puede ocurrir mediante:

  • Amistades.
  • Música.
  • Películas.
  • Series.
  • Redes sociales.
  • Comediantes.
  • Videojuegos.
  • Ambientes laborales.
  • Contenido en internet.

El cristiano debe examinar qué voces están formando su manera de pensar y hablar.

No significa que deba aislarse de toda persona que habla incorrectamente. Significa que no debe permitir que esa influencia transforme sus propias costumbres.

Las groserías no deben utilizarse para insultar

Colosenses 3:8:
“Mas ahora, dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, torpes palabras de vuestra boca.”

Pablo manda abandonar las palabras deshonestas junto con la ira, el enojo y la malicia. Esto muestra que muchas groserías nacen de emociones pecaminosas.

La persona puede insultar porque desea:

  • Herir.
  • Imponer miedo.
  • Ganar una discusión.
  • Humillar.
  • Descargar frustración.
  • Castigar emocionalmente.
  • Demostrar superioridad.

El cristiano debe aprender a expresar desacuerdo sin degradar a la otra persona.

Puede decir:

  • “Eso estuvo mal”.
  • “No aceptaré que me trates así”.
  • “Necesitamos detener esta conversación”.
  • “No estoy de acuerdo”.
  • “Lo que hiciste causó daño”.

La firmeza no necesita vulgaridad.

La respuesta suave puede detener la ira

Proverbios 15:1:
“La blanda respuesta quita la ira: mas la palabra áspera hace subir el furor.”

Una palabra áspera puede aumentar rápidamente un conflicto. La respuesta suave no significa debilidad ni aceptación del mal. Significa hablar de manera controlada y sabia.

Responder suavemente puede incluir:

  • Bajar el tono de voz.
  • Evitar insultos.
  • No interrumpir.
  • Pedir tiempo para calmarse.
  • Hablar de hechos concretos.
  • No recordar todas las faltas pasadas.
  • Evitar amenazas.
  • Buscar una solución.

Quien grita e insulta puede pensar que demuestra autoridad, pero en realidad está mostrando falta de dominio propio.

La grosería no demuestra valentía ni madurez

Algunas personas utilizan palabras vulgares para parecer fuertes, adultas, modernas o valientes. Sin embargo, la Biblia presenta el dominio propio como una señal de verdadera fortaleza.

Proverbios 16:32:
“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.”

El verdaderamente fuerte no es quien conoce más insultos, sino quien puede controlar su lengua cuando está enojado.

Decir groserías impulsivamente puede revelar que la persona está siendo gobernada por sus emociones y por la presión del grupo.

El creyente no necesita imitar el lenguaje del mundo para ser aceptado.

No debemos maldecir a otras personas

Romanos 12:14:
“Bendecid á los que os persiguen: bendecid, y no maldigáis.”

Maldecir significa desear o pronunciar daño sobre otra persona. Puede expresarse mediante frases que desean enfermedad, muerte, fracaso o desgracia.

El cristiano no debe utilizar la boca para desear destrucción, ni siquiera contra quien lo ha tratado mal.

Esto no significa negar la justicia. Podemos pedir protección, denunciar una agresión y buscar que una autoridad actúe. Pero no debemos alimentar un corazón que disfruta imaginando el sufrimiento ajeno.

Cristo llama a vencer el mal con el bien.

No debemos tomar el nombre de Dios en vano

Éxodo 20:7:
“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.”

Utilizar el nombre de Dios de manera irreverente, como expresión de sorpresa, ira, burla o insulto, trata lo santo como algo común.

También se toma el nombre de Dios en vano cuando alguien:

  • Jura falsamente.
  • Atribuye a Dios palabras que él no dijo.
  • Usa su nombre para manipular.
  • Dice que Dios aprobó algo pecaminoso.
  • Invoca a Dios en una amenaza.
  • Promete delante de Dios sin intención de cumplir.

El nombre del Señor debe pronunciarse con temor, verdad y reverencia.

La blasfemia es una forma grave de lenguaje pecaminoso

La blasfemia consiste en hablar de Dios, de Cristo o de las cosas santas con desprecio, irreverencia o burla.

Colosenses 3:8:
“Mas ahora, dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, torpes palabras de vuestra boca.”

La palabra traducida como maledicencia también puede abarcar expresiones difamatorias y blasfemas.

El cristiano no debe participar en bromas que ridiculicen:

  • A Dios.
  • A Jesucristo.
  • Al Espíritu Santo.
  • La Escritura.
  • La oración.
  • La santidad.
  • La obra de Cristo.
  • La adoración.

Podemos corregir abusos religiosos y denunciar hipocresía, pero no tratar con irreverencia aquello que pertenece al Señor.

Una broma no deja de ser pecado por causar risa

Proverbios 26:18-19:
“Como el que enloquece, y echa llamas y saetas y muerte, tal es el hombre que engaña á su amigo, y dice: Ciertamente lo hice por broma.”

Decir “solo estaba bromeando” no elimina la responsabilidad.

Una broma es pecaminosa cuando:

  • Humilla.
  • Sexualiza.
  • Blasfema.
  • Ridiculiza una discapacidad.
  • Utiliza secretos.
  • Despierta inmundicia.
  • Insulta.
  • Produce temor.
  • Continúa después de que alguien pidió que se detuviera.

El humor sano no necesita degradar para producir alegría.

El problema no se resuelve sustituyendo una grosería por otra expresión

Algunas personas dejan de pronunciar una palabra vulgar, pero mantienen la misma intención de desprecio mediante otra expresión.

El problema no se encuentra solamente en la secuencia de sonidos. También importa:

  • La intención.
  • El tono.
  • El contexto.
  • La emoción.
  • El significado.
  • El efecto.

Una palabra aparentemente limpia puede utilizarse cruelmente, mientras que una palabra considerada fuerte en una cultura puede tener un significado diferente en otra.

Por eso, no debemos crear una lista superficial sin examinar el corazón.

Sin embargo, cuando sabemos que una palabra es ampliamente entendida como vulgar, obscena o degradante, lo prudente es abandonarla.

Las culturas utilizan palabras diferentes

Una palabra puede ser considerada extremadamente ofensiva en un país y tener un uso común en otro. El creyente debe considerar el significado que posee dentro del contexto donde se encuentra.

1 Corintios 10:32:
“Sed sin ofensa á Judíos, y á Gentiles, y á la iglesia de Dios.”

No debemos utilizar las diferencias culturales como excusa para hablar irresponsablemente.

La pregunta no es solamente: “¿Yo considero ofensiva esta palabra?”, sino también: “¿Cómo será entendida por quienes me escuchan?”.

El amor procura no causar una ofensa innecesaria.

Utilizar términos médicos no es decir groserías

Hablar claramente sobre el cuerpo, la salud, el matrimonio o la sexualidad no es automáticamente vulgar.

Existen momentos en que es correcto utilizar términos precisos para:

  • Enseñar.
  • Pedir ayuda médica.
  • Denunciar abuso.
  • Explicar límites.
  • Hablar dentro del matrimonio.
  • Educar a los hijos de acuerdo con su edad.
  • Describir un delito.

La pureza no consiste en tratar el cuerpo como algo vergonzoso. Consiste en hablar de él con respeto, propósito y contexto apropiado.

Una palabra puede ser necesaria en una consulta médica y completamente inapropiada como insulto o broma obscena.

Repetir una grosería para denunciarla no es lo mismo que practicarla

En ocasiones puede ser necesario informar exactamente qué dijo una persona, especialmente en un proceso disciplinario, educativo o legal.

Sin embargo, debe evitarse repetir expresiones ofensivas sin necesidad. Puede bastar con decir:

  • “Utilizó una expresión vulgar”.
  • “Pronunció un insulto sexual”.
  • “Dijo palabras blasfemas”.
  • “Amenazó con lenguaje obsceno”.

La meta debe ser explicar el hecho, no disfrutar ni difundir la vulgaridad.

Las groserías dentro del matrimonio causan heridas

Colosenses 3:19:
“Maridos, amad á vuestras mujeres, y no seáis desapacibles con ellas.”

El cónyuge no debe convertirse en la persona sobre quien descargamos nuestras peores palabras.

Insultar durante una discusión puede destruir la seguridad y el respeto dentro del matrimonio.

Las groserías matrimoniales pueden incluir:

  • Apodos degradantes.
  • Insultos sobre el cuerpo.
  • Palabras sexualmente humillantes.
  • Comparaciones crueles.
  • Maldiciones.
  • Amenazas.
  • Frases que atacan la inteligencia o el valor personal.

Pedir perdón después no convierte en aceptable repetir el mismo patrón. El arrepentimiento debe producir una manera nueva de hablar.

Los padres no deben hablar groseramente a sus hijos

Colosenses 3:21:
“Padres, no irritéis á vuestros hijos, porque no se hagan de poco ánimo.”

Un padre puede corregir una conducta sin etiquetar al hijo con palabras destructivas.

No debe decirle:

  • Que es inútil.
  • Que nunca servirá para nada.
  • Que es una vergüenza.
  • Que es estúpido.
  • Que lamenta haberlo tenido.
  • Que es peor que sus hermanos.

Estas expresiones pueden marcar profundamente la identidad del niño.

La disciplina bíblica enseña qué conducta estuvo mal y cómo corregirla, sin destruir la dignidad del hijo.

Los hijos también deben hablar con respeto

Efesios 6:1-2:
“Hijos, obedeced en el Señor á vuestros padres; porque esto es justo. Honra á tu padre y á tu madre.”

Honrar incluye la forma de hablar.

Un hijo puede estar en desacuerdo, expresar dolor o señalar una injusticia, pero no debe hacerlo mediante insultos, gritos o desprecio.

El respeto no impide denunciar abuso ni establecer límites. Significa que no debemos utilizar el pecado de otra persona como excusa para pecar con nuestra propia lengua.

Las groserías en internet también cuentan

Escribir una palabra vulgar no es moralmente diferente de pronunciarla.

Las groserías digitales aparecen en:

  • Comentarios.
  • Mensajes privados.
  • Memes.
  • Videos.
  • Videojuegos.
  • Publicaciones.
  • Audios.
  • Reacciones.
  • Chats grupales.

El anonimato puede hacer que una persona escriba cosas que nunca diría cara a cara. Pero Dios conoce tanto las palabras públicas como las privadas.

Salmos 139:4:
“Pues aun no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.”

Antes de publicar, debemos pensar si ese contenido representa el carácter de Cristo.

Las canciones y el entretenimiento forman nuestra manera de hablar

Una persona puede decir que no utiliza groserías, pero cantar continuamente letras vulgares y obscenas.

Repetir una canción también significa prestar nuestra boca a sus palabras.

Filipenses 4:8:
“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad.”

Debemos examinar el contenido que llenamos en nuestra mente.

Si continuamente escuchamos insultos, blasfemias y obscenidades, será más difícil conservar un lenguaje limpio.

No debemos hablar como el antiguo hombre

Colosenses 3:8-10:
“Mas ahora, dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, torpes palabras de vuestra boca. No mintáis los unos á los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual por el conocimiento es renovado conforme á la imagen del que lo crió.”

La transformación cristiana incluye una nueva manera de hablar.

La persona puede haber crecido en un hogar o ambiente donde las groserías eran normales. Esto explica cómo adquirió la costumbre, pero no significa que deba conservarla.

En Cristo puede aprender un nuevo vocabulario y nuevas formas de expresar:

  • Enojo.
  • Dolor.
  • Sorpresa.
  • Frustración.
  • Desacuerdo.
  • Corrección.

El creyente no debe decir: “Así hablo yo y no pienso cambiar”. Dios llama a despojarse del viejo hombre.

La falta de dominio propio no es una excusa

Una persona puede afirmar que las palabras se le escapan cuando está enojada. Pero aquello que sale repetidamente demuestra que necesita trabajar seriamente en su dominio propio.

Gálatas 5:22-23:
“Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley.”

La templanza o dominio propio incluye controlar la boca.

No significa que nunca sentiremos el impulso de insultar. Significa que no debemos obedecerlo automáticamente.

Podemos aprender a:

  • Guardar silencio.
  • Respirar.
  • Alejarnos temporalmente.
  • Orar.
  • Escribir antes de responder.
  • Esperar hasta recuperar la calma.
  • Buscar palabras precisas y respetuosas.

Debemos ser tardos para hablar

Santiago 1:19-20:
“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.”

Muchas groserías podrían evitarse si la persona esperara antes de hablar.

Ser tardo para hablar significa no permitir que la primera emoción controle la respuesta.

Cuando sentimos ira podemos decir:

  • “Necesito unos minutos”.
  • “No quiero hablar de manera hiriente”.
  • “Continuemos cuando estemos más tranquilos”.
  • “Estoy molesto, pero no quiero insultarte”.

Retirarse para calmarse no es cobardía. Puede ser una expresión de sabiduría.

El silencio puede ser mejor que una respuesta impulsiva

Proverbios 17:27-28:
“Detiene sus dichos el que tiene sabiduría: de prudente espíritu es el hombre entendido. Aun el necio cuando calla, es contado por sabio: el que cierra sus labios es entendido.”

No siempre debemos responder inmediatamente. Callar durante unos momentos puede impedir un daño mayor.

Sin embargo, el silencio no debe utilizarse como castigo o manipulación. Después de recuperar la calma, el problema debe hablarse con verdad y respeto.

Nuestras palabras deben tener gracia

Colosenses 4:6:
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal; para que sepáis cómo os conviene responder á cada uno.”

Hablar con gracia no significa ser débil o artificialmente amable. Significa que nuestras palabras deben reflejar misericordia, sabiduría y verdad.

Una respuesta con gracia puede ser firme sin ser vulgar.

La lengua cristiana debe saber:

  • Corregir sin humillar.
  • Denunciar sin insultar.
  • Rechazar sin despreciar.
  • Defenderse sin maldecir.
  • Expresar dolor sin destruir.
  • Hablar de temas delicados con pureza.

Una boca limpia fortalece el testimonio

1 Pedro 2:12:
“Teniendo vuestra conversación honesta entre los Gentiles; para que, en lo que ellos murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen á Dios en el día de la visitación, estimándoos por las buenas obras.”

Cuando un cristiano habla de la misma manera vulgar que todos los demás, puede debilitar su testimonio.

No se trata de aparentar perfección, sino de mostrar que Cristo transforma incluso los hábitos cotidianos.

La diferencia puede llamar la atención cuando alguien:

  • No responde a insultos con insultos.
  • No participa en bromas obscenas.
  • Habla respetuosamente bajo presión.
  • Pide perdón cuando falla.
  • No utiliza el nombre de Dios irreverentemente.
  • Defiende a quien es humillado.

No debemos juzgar con orgullo a quien todavía lucha

Una persona puede estar abandonando años de lenguaje vulgar. Tal vez aún caiga ocasionalmente.

Debe ser corregida, pero no ridiculizada ni tratada como si su lucha demostrara que no existe esperanza.

Gálatas 6:1:
“Hermanos, si alguno fuere tomado en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con el espíritu de mansedumbre; considerándote á ti mismo, porque tú no seas también tentado.”

La meta es restaurar. Podemos ayudar señalando la palabra, recordando el compromiso y animando a sustituirla.

La paciencia no significa justificar la costumbre, sino acompañar el proceso de transformación.

Qué hacer cuando hemos herido con palabras

Mateo 5:23-24:
“Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente.”

Quien insultó debe procurar reconciliación.

No basta con decir:

  • “Estaba enojado”.
  • “Tú me provocaste”.
  • “No fue para tanto”.
  • “Así hablamos en mi familia”.
  • “Solo era una expresión”.

Debe reconocer claramente:

  • Qué dijo.
  • Que fue pecado.
  • Que causó daño.
  • Que no tiene excusa.
  • Que desea cambiar.

Una disculpa correcta puede decir: “Te insulté y estuvo mal. No debí hablarte de esa manera. Te pido perdón”.

La reparación debe ser proporcional al daño

Si el insulto fue público, puede ser necesario pedir perdón públicamente. Si se publicó en redes sociales, debe eliminarse y aclararse.

La persona también debe trabajar para restaurar la reputación que dañó.

No puede insultar delante de todos y después pedir perdón únicamente en secreto, dejando que la humillación pública continúe.

Cómo abandonar las groserías

El creyente debe:

  • Reconocer que su lenguaje necesita cambiar.
  • Confesar a Dios las palabras vulgares e insultantes.
  • Identificar cuándo y con quién suele pronunciarlas.
  • Evitar contenido que normaliza la obscenidad.
  • Limitar amistades que presionan para hablar así.
  • Sustituir las expresiones vulgares por palabras limpias.
  • Guardar silencio cuando está muy enojado.
  • Pedir tiempo antes de responder.
  • Memorizar pasajes sobre la lengua.
  • Pedir a personas confiables que lo corrijan.
  • No reírse de bromas obscenas.
  • Evitar utilizar el nombre de Dios irreverentemente.
  • Pedir perdón inmediatamente cuando falla.
  • Reparar las heridas causadas.
  • Llenar su mente con cosas puras.
  • Practicar gratitud.
  • Orar para que Dios guarde su boca.
  • Recordar que sus palabras deben representar a Cristo.

Debemos llenar la boca con alabanza y sabiduría

Salmos 19:14:
“Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío.”

David no pidió solamente que Dios controlara sus palabras, sino también la meditación de su corazón.

La boca cambia cuando también cambia lo que pensamos.

Salmos 141:3:
“Pon, oh Jehová, guarda á mi boca: guarda la puerta de mis labios.”

Esta debe ser una oración constante del creyente.

No podemos dominar perfectamente la lengua mediante fuerza humana solamente. Necesitamos la ayuda de Dios, obediencia diaria y vigilancia.

La nueva manera de hablar debe bendecir

Efesios 4:31-32:
“Toda amargura, y enojo, é ira, y voces, y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia: antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos á los otros, como también Dios os perdonó en Cristo.”

No basta con quitar palabras malas. Debemos reemplazarlas con:

  • Bondad.
  • Misericordia.
  • Perdón.
  • Gratitud.
  • Ánimo.
  • Verdad.
  • Consuelo.
  • Sabiduría.
  • Alabanza.

La boca que antes destruía puede convertirse en una fuente de edificación.

Conclusión

No debemos decir groserías porque nuestras palabras revelan el corazón, afectan a quienes las escuchan y serán examinadas delante de Dios.

La Biblia manda abandonar las palabras torpes, obscenas, insultantes, blasfemas y maliciosas. La boca del cristiano no debe utilizarse para bendecir a Dios y después maldecir a personas creadas a su imagen.

No toda palabra fuerte es pecado. Puede ser necesario hablar claramente, corregir con firmeza o utilizar términos médicos y jurídicos. El problema se encuentra en la vulgaridad, la obscenidad, el desprecio, la irreverencia y la intención de herir.

Decir “era una broma”, “estaba enojado” o “así habla todo el mundo” no elimina la responsabilidad.

Quien tiene esta costumbre debe examinar su corazón, evitar influencias corruptoras, aprender nuevas formas de expresarse y pedir perdón cuando cause daño.

La transformación cristiana también alcanza la lengua. El Espíritu Santo puede reemplazar la vulgaridad con dominio propio, gracia, verdad, sabiduría y palabras que den vida.

La oración del creyente debe ser: “Pon, oh Jehová, guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios”.

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