Avaricia
La avaricia es el deseo desordenado de poseer, acumular o conseguir más dinero, bienes, poder o ventajas personales. No consiste solamente en ser rico. Una persona puede tener pocos recursos y, aun así, vivir dominada por el deseo de tener más; otra puede poseer mucho y utilizarlo con humildad y generosidad.
La avaricia convierte las posesiones en el centro de la vida. Hace que la persona mida su seguridad, identidad y felicidad por lo que tiene. También puede llevarla a mentir, explotar, negar ayuda, trabajar sin descanso, abandonar a su familia o desobedecer a Dios para conseguir ganancias.
La Biblia presenta la avaricia como una forma de idolatría, porque el dinero y las posesiones ocupan el lugar de confianza y adoración que corresponde únicamente al Señor.
Versículo principal
Lucas 12:15:
“Y díjoles: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.”
Jesús manda guardarnos de toda avaricia. Esto significa que puede presentarse de muchas maneras y que debemos vigilar cuidadosamente nuestro corazón.
El valor de una persona no depende de su sueldo, vivienda, ropa, negocio, vehículo ni cantidad de ahorros. La vida verdadera no consiste en acumular bienes, sino en conocer a Dios, vivir justamente y utilizar lo recibido para su gloria.
La avaricia es idolatría
Colosenses 3:5-6:
“Amortiguad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, molicie, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría: por las cuales cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de rebelión.”
Pablo no presenta la avaricia como una debilidad insignificante, sino como idolatría. El avaro confía en el dinero para recibir seguridad, poder, satisfacción y reconocimiento.
El dinero comienza a ocupar el lugar de Dios cuando una persona:
Confía más en sus ahorros que en el Señor.
Desobedece a Dios para obtener ganancias.
Sacrifica su familia por enriquecerse.
Se desespera cuando pierde bienes.
Trata mejor a quien tiene dinero.
Mide su valor por sus posesiones.
Se niega a compartir aun pudiendo hacerlo.
Vive pensando continuamente en comprar, acumular o ganar.
Considera que tener más resolverá el vacío de su corazón.
La avaricia promete seguridad, pero nunca puede ofrecer la paz que solamente Dios da.
El avaro no heredará el reino de Dios
Efesios 5:3-5:
“Pero fornicación y toda inmundicia, ó avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene á santos; ni palabras torpes, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen; sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, ó inmundo, ó avaro, que es servidor de ídolos, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.”
La avaricia persistente y no arrepentida es incompatible con una vida gobernada por Cristo. Una persona no puede afirmar que Dios es su Señor mientras sus decisiones están controladas por el deseo de enriquecerse.
El avaro aparece junto al idólatra porque convierte los bienes en su dios. Piensa en ellos, trabaja para ellos, sacrifica por ellos y teme perderlos.
La advertencia no significa que un cristiano nunca será tentado por la codicia. Significa que no debe aceptarla, justificarla ni convertirla en su forma permanente de vivir.
El amor al dinero produce muchos males
1 Timoteo 6:6-10:
“Empero grande granjería es la piedad con contentamiento. Porque nada hemos traído á este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y con qué cubrirnos, seamos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse, caen en tentación y lazo, y en muchas codicias locas y dañosas, que hunden á los hombres en perdición y muerte. Porque el amor del dinero es la raíz de todos los males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.”
La Biblia no dice que el dinero sea la raíz de todos los males, sino el amor al dinero. El dinero puede utilizarse para alimentar a una familia, ayudar al necesitado, sostener una obra buena o crear empleo. El problema se encuentra en el corazón que lo ama y lo convierte en su objetivo supremo.
Quienes están decididos a enriquecerse pueden caer en:
Negocios deshonestos.
Fraude y corrupción.
Explotación laboral.
Sobornos.
Apuestas.
Endeudamiento imprudente.
Abandono de la familia.
Mentiras.
Robo.
Envidia.
Competencia destructiva.
Pérdida de la fe.
El deseo de enriquecerse puede comenzar como una aspiración aparentemente inocente, pero terminar atravesando a la persona con muchos dolores.
El contentamiento vence la avaricia
Hebreos 13:5-6:
“Sean las costumbres vuestras sin avaricia; contentos de lo presente; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré. De tal manera que digamos confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me hará el hombre.”
El remedio bíblico contra la avaricia es el contentamiento acompañado de confianza en Dios.
Contentamiento no significa falta de esfuerzo, pobreza obligatoria ni ausencia de metas. Significa agradecer lo que tenemos sin permitir que el deseo de más controle nuestra vida.
Una persona contenta puede trabajar, ahorrar, emprender y mejorar su situación, pero no sacrifica su integridad para hacerlo. Su paz no depende de conseguir todo lo que desea.
Dios promete no abandonar a sus hijos. Por eso, el creyente no necesita aferrarse desesperadamente a las posesiones como si ellas fueran su único refugio.
La parábola del rico insensato
Lucas 12:16-21:
“Y refirióles una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había llevado mucho; y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde juntar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis alfolíes, y los edificaré mayores, y allí juntaré todos mis frutos y mis bienes; y diré á mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; repósate, come, bebe, huélgate. Y díjole Dios: Necio, esta noche vuelven á pedir tu alma; y lo que has prevenido, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico en Dios.”
El pecado de este hombre no fue tener una cosecha abundante. Su problema fue vivir únicamente para sí mismo.
En su razonamiento aparecen repetidamente expresiones como “mis frutos”, “mis bienes” y “mi alma”. No pensó en agradecer a Dios, ayudar al necesitado ni utilizar su abundancia para hacer el bien.
Construyó graneros mayores, pero no preparó su alma para encontrarse con Dios. Tenía riquezas para muchos años, pero no tenía asegurado ni un día más de vida.
La avaricia hace que una persona prepare cuidadosamente su futuro económico mientras descuida completamente su eternidad.
Acumular bienes no garantiza seguridad
Proverbios 11:28:
“El que confía en sus riquezas, caerá: Mas los justos reverdecerán como ramos.”
Las riquezas pueden desaparecer por una enfermedad, crisis, fraude, accidente, robo o muerte. Por eso, confiar en ellas es construir sobre algo inestable.
El cristiano puede administrar prudentemente sus recursos, pero debe reconocer que su verdadera seguridad se encuentra en Dios.
Proverbios 23:4-5:
“No trabajes por ser rico; pon coto á tu prudencia. ¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque hacerse han alas como alas de águila, y volarán al cielo.”
El trabajo es bueno, pero trabajar exclusivamente para enriquecerse es peligroso. La avaricia puede convertir el trabajo en un amo que consume la salud, el matrimonio, la crianza de los hijos y la comunión con Dios.
Los bienes pueden volar rápidamente. Por eso, no debemos entregar toda nuestra vida a aquello que no puede permanecer.
No podemos servir a Dios y al dinero
Mateo 6:19-21:
“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan: porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.”
Mateo 6:24:
“Ninguno puede servir á dos señores; porque ó aborrecerá al uno y amará al otro, ó se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir á Dios y á Mammón.”
Jesús no dijo que fuera difícil servir a Dios y al dinero. Dijo que es imposible.
El corazón siempre termina inclinándose hacia aquello que considera su tesoro. Si nuestra mayor preocupación es ganar, comprar, conservar y acumular, el dinero se convierte en nuestro señor.
Podemos descubrir dónde está nuestro tesoro observando:
En qué pensamos constantemente.
Qué pérdida nos produce mayor temor.
En qué gastamos la mayor parte de nuestros recursos.
Qué estamos dispuestos a sacrificar.
Qué ocupa nuestro tiempo.
Qué determina nuestras decisiones.
Qué nos da seguridad y sentido de valor.
El dinero debe ser un siervo utilizado para el bien, nunca un señor al que entregamos nuestra vida.
La avaricia puede esconderse detrás de la religiosidad
Lucas 16:13-15:
“Ningún siervo puede servir á dos señores; porque ó aborrecerá al uno, y amará al otro, ó se allegará al uno, y menospreciará al otro. No podéis servir á Dios y á las riquezas. Y oían también todas estas cosas los Fariseos, los cuales eran avaros, y se burlaban de él. Y díjoles: Vosotros sois los que os justificáis á vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones: porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.”
Los fariseos parecían religiosos, pero eran avaros. Esto demuestra que una persona puede orar, predicar, conocer las Escrituras y mantener una apariencia espiritual mientras ama secretamente el dinero.
La avaricia religiosa puede aparecer cuando alguien:
Predica principalmente para enriquecerse.
Manipula a personas para obtener ofrendas.
Promete milagros a cambio de dinero.
Utiliza el miedo o la culpa para recaudar.
Favorece a miembros ricos.
Busca títulos y posiciones por beneficio económico.
Cobra injustamente por servicios espirituales.
Oculta gastos y evita rendir cuentas.
Utiliza recursos de la iglesia para fines personales.
Dios conoce el corazón aun cuando la avaricia está cubierta con lenguaje espiritual.
Los líderes cristianos no deben ser codiciosos
1 Pedro 5:2-3:
“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey.”
El servicio cristiano no debe convertirse en una oportunidad para obtener ganancias deshonestas. El obrero puede recibir sustento por su trabajo, pero no debe utilizar a las personas como medio para enriquecerse.
Un líder avaro puede manipular la fe, aprovecharse de los vulnerables y medir el éxito del ministerio únicamente por el dinero recaudado.
La iglesia debe practicar transparencia, rendición de cuentas y administración responsable.
Judas fue dominado por el amor al dinero
Juan 12:4-6:
“Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no se ha vendido este ungüento por trescientos dineros, y se dió á los pobres? Mas dijo esto, no por el cuidado que él tenía de los pobres; sino porque era ladrón, y tenía la bolsa, y traía lo que se echaba en ella.”
Judas utilizó una preocupación aparentemente compasiva para esconder su avaricia. Habló de ayudar a los pobres, pero en realidad robaba el dinero.
La avaricia frecuentemente se disfraza de prudencia, necesidad o buenas intenciones. Por eso, debemos examinar honestamente nuestras motivaciones.
Más adelante, Judas entregó a Jesús por dinero. Su historia muestra cómo el amor a las riquezas puede endurecer progresivamente el corazón.
Acán codició y trajo consecuencias a otros
Josué 7:20-21:
“Y Acán respondió á Josué, diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y he hecho así y así: que vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un changote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié, y tomé: y he aquí que está escondido debajo de tierra en el medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.”
El proceso de Acán fue claro: vio, codició, tomó y escondió. La avaricia primero entra por los ojos, después se fortalece en el corazón y finalmente conduce a la acción.
Lo que Acán consideró un acto privado produjo consecuencias para toda la comunidad. De la misma manera, la codicia de una persona puede afectar a su cónyuge, hijos, empleados, iglesia y otras personas.
Giezi mintió por obtener ganancias
2 Reyes 5:25-27:
“Y él entró, y púsose delante de su señor. Y Eliseo le dijo: ¿De dónde vienes, Giezi? Y él dijo: Tu siervo no ha ido á ninguna parte. Él entonces le dijo: ¿No fué también mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro á recibirte? ¿Es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas? La lepra de Naamán se te pegará á ti, y á tu simiente para siempre. Y salió de delante de él leproso, blanco como la nieve.”
Giezi vio una oportunidad económica y mintió para aprovecharla. La avaricia lo llevó a utilizar el ministerio de Dios como medio de beneficio personal.
El deseo de ganar puede hacer que una persona invente historias, oculte información, manipule y se aproveche de la generosidad ajena.
Ananías y Safira buscaron apariencia y ganancia
Hechos 5:1-4:
“Mas un varón llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una posesión, y defraudó del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo una parte, púsola á los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón á que mintieses al Espíritu Santo, y defraudases del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba á ti? y vendida, ¿no estaba en tu potestad? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido á los hombres, sino á Dios.”
Su pecado no fue conservar una parte del dinero, pues Pedro reconoció que era suyo. El pecado fue mentir para aparentar una generosidad que realmente no tenían.
La avaricia puede desear simultáneamente conservar el dinero y recibir reconocimiento espiritual. Por eso, algunas personas dan únicamente para ser admiradas o exageran sus sacrificios.
Dios no busca una apariencia de generosidad, sino un corazón verdadero.
La avaricia endurece el corazón ante el necesitado
1 Juan 3:17-18:
“Mas el que tuviere bienes de este mundo, y viere á su hermano tener necesidad, y le cerrare sus entrañas, ¿cómo está el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad.”
La avaricia no solamente se manifiesta al adquirir injustamente. También aparece cuando alguien se niega a compartir aun teniendo capacidad para ayudar.
Una persona puede poseer abundancia y cerrar su corazón ante una necesidad evidente porque teme tener menos.
El amor cristiano debe demostrarse mediante acciones. Esto no significa entregar dinero sin discernimiento ni sostener irresponsablemente el pecado de otros. Significa no utilizar la prudencia como excusa permanente para la indiferencia.
Proverbios 21:13:
“El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído.”
Dios toma seriamente la forma en que tratamos al necesitado. Quien endurece su corazón revela que las posesiones tienen mayor valor para él que la misericordia.
El rico y Lázaro
Lucas 16:19-21:
“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual estaba echado á la puerta de él, lleno de llagas, y deseando hartarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían, y le lamían las llagas.”
El rico no es condenado simplemente por poseer bienes, sino por vivir en lujo mientras permanecía indiferente ante el hombre necesitado que estaba delante de su puerta.
La avaricia puede hacer que una persona disfrute abundantemente mientras ignora sufrimientos que podría aliviar.
No estamos obligados a solucionar todas las necesidades del mundo, pero sí debemos responder con misericordia ante aquellas que Dios pone claramente a nuestro alcance.
No debemos enriquecernos mediante injusticia
Proverbios 15:27:
“Alborota su casa el codicioso: Mas el que aborrece las dádivas vivirá.”
La ganancia deshonesta puede traer dinero a una casa, pero también trae conflicto, temor y destrucción.
La avaricia puede manifestarse mediante:
Cobros abusivos.
Salarios injustos.
Corrupción.
Sobornos.
Fraude.
Venta engañosa.
Productos adulterados.
Préstamos explotadores.
Retención de pagos.
Apropiación de bienes ajenos.
Evasión de responsabilidades.
Manipulación de personas vulnerables.
Miqueas 2:1-2:
“¡Ay de los que piensan iniquidad, y de los que fabrican el mal en sus camas! Cuando viene la mañana lo ponen en obra, porque tienen en su mano el poder. Y codiciaron las heredades, y las robaron: y casas, y las tomaron: oprimieron al hombre y á su casa, al hombre y á su heredad.”
La avaricia se vuelve especialmente peligrosa cuando está unida al poder. Quien tiene influencia puede utilizarla para despojar a personas que no pueden defenderse.
Dios no aprueba la prosperidad construida sobre la explotación y el sufrimiento ajeno.
Ser rico no es automáticamente pecado
1 Timoteo 6:17-19:
“A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia de que gocemos: que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, que con facilidad comuniquen; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano á la vida eterna.”
Pablo no manda a todos los ricos abandonar inmediatamente sus posesiones. Les ordena no ser orgullosos, no confiar en ellas y utilizarlas generosamente.
La riqueza puede convertirse en una responsabilidad para servir. El problema aparece cuando la persona:
Se considera superior.
Confía en lo que posee.
Se niega a compartir.
Obtiene su riqueza injustamente.
Vive únicamente para aumentar sus bienes.
Coloca el dinero por encima de Dios.
Un creyente con recursos debe ser rico en buenas obras y estar dispuesto a compartir.
Ahorrar y administrar no es avaricia
Proverbios 6:6-8:
“Ve á la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida, y allega en el tiempo de la siega su mantenimiento.”
La Biblia elogia la previsión y la buena administración. Ahorrar para necesidades futuras, emergencias, educación, vivienda o vejez no es necesariamente avaricia.
La diferencia se encuentra en el propósito y el corazón.
El ahorro responsable:
Reconoce responsabilidades futuras.
Evita deudas innecesarias.
Protege a la familia.
Se realiza con gratitud.
Permite continuar siendo generoso.
No reemplaza la confianza en Dios.
La avaricia:
Acumula por temor obsesivo.
Nunca considera suficiente lo que posee.
Se niega a ayudar.
Confía únicamente en el dinero.
Sacrifica relaciones y obediencia.
Busca obtener más sin importar el daño.
No toda conservación de recursos es codicia, así como no todo gasto es generosidad.
Tener metas económicas no es necesariamente avaricia
Trabajar para mejorar la vivienda, desarrollar un negocio, pagar deudas o dar mejores oportunidades a la familia puede ser legítimo.
La meta se vuelve avariciosa cuando:
Desplaza a Dios.
Justifica el pecado.
Destruye la salud y la familia.
Nunca permite descanso.
Produce envidia constante.
Depende de explotar a otros.
Convierte la ganancia en la medida del éxito.
Impide ser generoso.
Hace que la persona nunca esté satisfecha.
El creyente debe preguntarse no solo cuánto desea ganar, sino por qué lo desea y qué está dispuesto a sacrificar para obtenerlo.
La envidia alimenta la avaricia
Éxodo 20:17:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.”
La avaricia crece cuando comparamos nuestra vida con la de los demás. Las posesiones ajenas pueden hacernos sentir pobres incluso cuando tenemos lo necesario.
Las redes sociales, la publicidad y la exhibición constante de riqueza pueden alimentar insatisfacción. La persona comienza a desear una vida que no puede sostener y se endeuda para aparentarla.
El contentamiento agradece lo recibido sin vivir comparándose con otros.
La generosidad rompe el poder de la avaricia
Proverbios 11:24-25:
“Hay quienes reparten, y les es añadido más: y hay quienes son escasos más de lo que es justo, mas vienen á pobreza. El alma liberal será engordada: y el que saciare, él también será saciado.”
La generosidad entrena al corazón para reconocer que el dinero no es su dueño. Compartir voluntariamente debilita el temor de perder y fortalece la confianza en Dios.
Esto no significa dar imprudentemente ni esperar que cada ofrenda produzca riqueza material. Significa que Dios se agrada del corazón generoso y utiliza la generosidad para bendecir a otros.
2 Corintios 9:6-7:
“Esto empero digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra en bendiciones, en bendiciones también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ó por necesidad; porque Dios ama el dador alegre.”
La verdadera generosidad es voluntaria, alegre y sincera. No debe producirse mediante manipulación ni presión religiosa.
Dar no compra el favor de Dios. Es una respuesta de gratitud por lo que ya hemos recibido de él.
Debemos buscar primero el reino de Dios
Mateo 6:31-33:
“No os congojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, ó qué beberemos, ó con qué nos cubriremos? Porque los Gentiles buscan todas estas cosas: que vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
La avaricia busca primero bienes, estabilidad y comodidad. Jesús manda buscar primero el reino de Dios y su justicia.
Esto no elimina la responsabilidad de trabajar y planificar. Significa que ninguna necesidad material debe convertirse en excusa para desobedecer al Señor.
El cristiano trabaja, pero confía en Dios. Administra, pero no idolatra. Ahorra, pero también comparte. Disfruta las bendiciones, pero no construye su identidad sobre ellas.
Señales de que la avaricia está dominando el corazón
Una persona debe examinarse si:
Piensa constantemente en dinero y posesiones.
Nunca considera suficiente lo que tiene.
Se compara continuamente con otros.
Siente resentimiento cuando alguien prospera.
Se niega a compartir aun pudiendo hacerlo.
Oculta dinero a su cónyuge.
Miente para conseguir ganancias.
Trata mejor a quienes tienen recursos.
Trabaja de forma que abandona completamente a su familia.
Se endeuda para aparentar una vida superior.
Se enfurece cuando pierde bienes.
Busca enriquecerse mediante métodos dudosos.
Solo sirve cuando recibe beneficio.
Considera inútiles a quienes no pueden recompensarlo.
Usa a Dios como medio para obtener prosperidad.
Da únicamente para ser admirado.
Su paz depende del saldo de su cuenta.
Teme más perder dinero que desobedecer a Dios.
Estas señales no deben utilizarse para juzgar superficialmente a otros, sino para examinar nuestro propio corazón.
Cómo abandonar la avaricia
El creyente debe:
Confesar delante de Dios su amor desordenado por el dinero.
Reconocer que todo lo que posee pertenece finalmente al Señor.
Agradecer diariamente por lo que ya tiene.
Dejar de compararse con la vida de otros.
Elaborar un presupuesto responsable.
Pagar deudas con honestidad.
Rechazar negocios injustos o engañosos.
Restituir cuando haya obtenido ganancias ilícitas.
Practicar generosidad de manera constante.
Ayudar sabiamente a personas necesitadas.
Dar sin buscar reconocimiento.
Dedicar tiempo a la familia y al servicio cristiano.
Evitar contenidos que alimentan la obsesión por el lujo.
Aprender a distinguir necesidades de deseos.
No comprar impulsivamente para llenar vacíos emocionales.
Buscar consejo antes de tomar decisiones financieras importantes.
Recordar frecuentemente que no llevará sus bienes a la eternidad.
Poner su confianza en Dios y no en la incertidumbre de las riquezas.
El arrepentimiento debe producir frutos
Lucas 19:8-9:
“Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy á los pobres; y si en algo he defraudado á alguno, lo vuelvo con el cuatro tanto. Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación á esta casa.”
El arrepentimiento de Zaqueo se manifestó en una nueva relación con el dinero. No se limitó a expresar tristeza; decidió compartir y restituir.
Cuando alguien se arrepiente de la avaricia debe estar dispuesto a corregir las injusticias cometidas. Esto puede incluir devolver dinero, pagar salarios, cancelar cobros indebidos, reconocer fraudes y reparar daños.
La salvación no se compra mediante restitución, pero una vida transformada produce frutos visibles.
Nuestro verdadero tesoro está en Cristo
Filipenses 3:7-8:
“Pero las cosas que para mí eran ganancias, helas reputado pérdidas por amor de Cristo. Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y téngolo por estiércol, para ganar á Cristo.”
Pablo entendió que conocer a Cristo vale más que cualquier ganancia material, posición o reconocimiento.
La avaricia pierde su poder cuando Cristo se convierte en nuestro mayor tesoro. La persona que encuentra satisfacción en él puede disfrutar lo que tiene sin ser esclava de ello y puede perder bienes sin perder su esperanza.
Conclusión
No debemos practicar la avaricia porque convierte el dinero, los bienes, el poder y la seguridad material en ídolos.
La vida no consiste en la abundancia de las posesiones. Una persona puede ganar el mundo y, al mismo tiempo, perder su alma, su familia, su integridad y su comunión con Dios.
La Biblia no condena el trabajo, el ahorro, la prosperidad honesta ni la administración responsable. Condena el amor al dinero, la acumulación egoísta, la confianza en las riquezas, la explotación del prójimo y el deseo de enriquecerse a cualquier precio.
El avaro nunca considera suficiente lo que tiene. El creyente contento agradece, trabaja, administra, comparte y confía en Dios.
Quien ha vivido dominado por la avaricia debe confesar su pecado, abandonar ganancias injustas, restituir cuando sea posible y aprender a practicar una generosidad sincera.
Las riquezas son inciertas y temporales. Cristo es el tesoro eterno. Por eso, debemos utilizar los bienes como instrumentos para hacer el bien, pero nunca permitir que se conviertan en nuestros señores.