Celebrar fiestas mundanas
Una fiesta mundana es una celebración cuyo ambiente, propósito o actividades están dominados por la embriaguez, la sensualidad, la música obscena, el desorden, la idolatría, la violencia, la inmoralidad o la exaltación de valores contrarios a Dios.
La Biblia no condena toda reunión, comida, celebración o momento de alegría. Jesús asistió a bodas y compartió comidas con diferentes personas. Israel también tenía celebraciones ordenadas por Dios. El problema no es celebrar, sino participar en aquello que alimenta la carne, debilita la conciencia y contradice la santidad cristiana.
El creyente debe examinar no solamente el nombre de una fiesta, sino lo que realmente ocurre en ella, por qué desea asistir y qué efecto tendrá sobre su vida espiritual y sobre quienes observan su testimonio.
Versículo principal
Romanos 13:13-14:
“Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lechos y disoluciones, no en pendencias y envidia: mas vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis caso de la carne en sus deseos.”
Pablo relaciona las fiestas desordenadas con borracheras, inmoralidad, pleitos y deseos carnales. El cristiano debe vivir como quien anda a plena luz, sin una doble vida escondida durante la noche.
Vestirse del Señor Jesucristo significa adoptar su carácter, pureza y dominio propio. No debemos colocarnos voluntariamente en ambientes diseñados para despertar aquello que Dios manda crucificar.
No toda celebración es pecaminosa
Eclesiastés 3:4:
“Tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar.”
La Biblia reconoce que existen momentos legítimos de alegría. Celebrar un matrimonio, un nacimiento, un cumpleaños, un logro familiar o una reunión de amistad no es pecado por sí mismo.
Juan 2:1-2:
“Y al tercer día hiciéronse unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fué también llamado Jesús y sus discípulos á las bodas.”
Jesús asistió a una boda. Su presencia demuestra que compartir una celebración honorable no contradice la santidad.
La pregunta no debe ser simplemente: “¿Es una fiesta?”, sino:
¿Qué se está celebrando?
¿Qué prácticas se realizarán?
¿El ambiente honra a Dios?
¿Habrá presión para beber, bailar sensualmente o participar en inmoralidad?
¿Mi presencia puede interpretarse como aprobación?
¿Esta reunión fortalecerá o debilitará mi comunión con Dios?
¿Puedo asistir con una conciencia limpia?
Las fiestas mundanas alimentan las obras de la carne
Gálatas 5:19-21:
“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes á éstas: de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.”
Pablo menciona las borracheras y los banqueteos desordenados entre las obras de la carne. La palabra no condena toda comida abundante ni toda reunión, sino las celebraciones caracterizadas por exceso, desenfreno y pérdida del dominio propio.
Una fiesta se vuelve mundana cuando normaliza o celebra:
Embriaguez.
Consumo de drogas.
Bailes sexualmente provocativos.
Canciones obscenas o blasfemas.
Coqueteo e infidelidad.
Vestimenta utilizada deliberadamente para provocar.
Bromas inmundas.
Violencia y peleas.
Juegos sexuales.
Idolatría.
Supersticiones.
Descontrol.
Presión para abandonar las convicciones cristianas.
El creyente no debe participar en estas obras ni considerarlas entretenimiento inocente.
La voluntad de Dios es nuestra santificación
1 Tesalonicenses 4:3-5:
“Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su vaso en santificación y honor; no con afecto de concupiscencia, como los Gentiles que no conocen á Dios.”
Dios no nos llamó a imitar los deseos desordenados del mundo, sino a vivir en santificación y honor.
Algunas fiestas están preparadas específicamente para despertar la sensualidad y facilitar encuentros sexuales pecaminosos. La oscuridad, el alcohol, la música, el contacto corporal y la presión social pueden debilitar las barreras que normalmente protegen a la persona.
El cristiano sabio no espera caer para reconocer el peligro. Se aparta antes de que la tentación domine su mente.
No debemos embriagarnos
Efesios 5:15-18:
“Mirad, pues, cómo andéis avisadamente; no como necios, mas como sabios; redimiendo el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis imprudentes, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor. Y no os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución; mas sed llenos de Espíritu.”
La embriaguez disminuye el juicio, debilita el dominio propio y facilita otros pecados. Bajo sus efectos, una persona puede hablar, pelear, conducir, tocar o actuar de maneras que después lamentará.
El cristiano no debe buscar perder el control de su mente. Debe ser lleno del Espíritu Santo, no dominado por una sustancia.
Una fiesta construida alrededor del alcohol presenta un peligro especial para:
Quienes tuvieron adicciones.
Jóvenes bajo presión social.
Personas impulsivas.
Matrimonios vulnerables.
Quienes deben conducir.
Creyentes cuya conciencia puede debilitarse.
Personas que han prometido mantenerse sobrias.
Aunque alguien piense que puede controlarse, también debe considerar el ejemplo que da a otros.
Las borracheras traen vergüenza y dolor
Proverbios 20:1:
“El vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y cualquiera que por ello errare, no será sabio.”
Proverbios 23:29-35:
“¿Para quién será el ay? ¿para quién el dolor? ¿para quién las rencillas? ¿para quién las quejas? ¿para quién las heridas en balde? ¿para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho en el vino, para los que van buscando la mistura. No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en el vaso: éntrase suavemente; mas al fin como serpiente morderá, y como basilisco dará dolor. Tus ojos mirarán las extrañas, y tu corazón hablará perversidades. Y serás como el que yace en medio de la mar, ó como el que está en la punta de un mastelero. Y dirás: Hiriéronme, mas no me dolió; azotáronme, mas no lo sentí; cuando despertare, aun lo volveré á buscar.”
Lo que comienza como diversión puede terminar en heridas, discusiones, inmoralidad y esclavitud. La embriaguez promete alegría, pero muchas veces deja vergüenza, enfermedad, accidentes y relaciones destruidas.
El hecho de que la sociedad considere normal emborracharse durante una celebración no cambia el juicio de Dios.
No debemos participar de la sensualidad
1 Pedro 4:2-4:
“Para que ya el tiempo que queda en carne, viva, no á las concupiscencias de los hombres, sino á la voluntad de Dios. Porque nos debe bastar que el tiempo pasado de nuestra vida hayamos hecho la voluntad de los Gentiles, cuando conversábamos en lascivias, en concupiscencias, en embriagueces, en glotonerías, en banquetes, y en abominables idolatrías. En lo cual les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfrenamiento de disolución, ultrajándoos.”
Pedro enseña que la vida pasada debe quedar atrás. Quienes no conocen a Dios pueden considerar extraño que un cristiano ya no participe en el mismo desenfreno.
El creyente puede ser llamado aburrido, religioso, fanático o anticuado por negarse a participar. Sin embargo, la aprobación social no vale más que la obediencia a Dios.
No debemos sentir vergüenza por abandonar ambientes que antes alimentaban nuestros deseos pecaminosos.
No debemos participar en conversaciones obscenas
Efesios 5:3-4:
“Pero fornicación y toda inmundicia, ó avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene á santos; ni palabras torpes, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen; sino antes bien acciones de gracias.”
Algunas fiestas están llenas de chistes sexuales, insinuaciones, gritos obscenos y canciones que degradan el cuerpo, el matrimonio y la sexualidad.
El creyente no debe acostumbrar su mente a la inmundicia. Reírse continuamente de aquello que Dios condena puede endurecer la conciencia.
La alegría cristiana no necesita obscenidad para ser verdadera. Podemos conversar, reír y compartir sanamente sin convertir el pecado en diversión.
La música también debe ser examinada
Filipenses 4:8:
“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad.”
No toda música secular es automáticamente pecaminosa. Sin embargo, una canción que celebra la fornicación, el adulterio, las drogas, la violencia, el orgullo, la blasfemia o la degradación de personas no alimenta pensamientos puros.
La música influye en el ambiente y puede convertir el pecado en algo deseable. El cristiano debe examinar:
El contenido de la letra.
El mensaje principal.
Las emociones que busca despertar.
Los movimientos que acompaña.
Las asociaciones que produce.
El efecto sobre sus pensamientos.
Si puede escucharla dando gracias a Dios.
No basta con decir que solo importa el ritmo. Cuando una persona canta, repite o baila una letra, está permitiendo que un mensaje entre en su mente.
El baile debe conservar pureza y dominio propio
La Biblia menciona bailes relacionados con alegría y celebración. Por tanto, no todo movimiento corporal es pecado.
Sin embargo, el baile se vuelve inmundo cuando está diseñado para:
Provocar excitación sexual.
Simular actos sexuales.
Facilitar contacto indecente.
Exhibir el cuerpo de forma sensual.
Alimentar la lujuria.
Perder el dominio propio.
Seducir a alguien que no es el cónyuge.
Celebrar letras y ambientes pecaminosos.
Romanos 14:13:
“Así que, no juzguemos más los unos de los otros: antes bien juzgad de no poner tropiezo ó escándalo al hermano.”
El creyente debe considerar no solamente si él afirma tener buenas intenciones, sino si su conducta puede provocar deseos pecaminosos en otros o debilitar su testimonio.
La libertad cristiana nunca debe utilizarse como excusa para la sensualidad.
No debemos unirnos a celebraciones idolátricas
1 Corintios 10:14:
“Por tanto, amados míos, huid de la idolatría.”
1 Corintios 10:20-21:
“Antes digo que lo que los Gentiles sacrifican, á los demonios lo sacrifican, y no á Dios: y no querría que vosotros fueseis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios: no podéis ser partícipes de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios.”
Una celebración es especialmente incompatible con la fe cristiana cuando incluye adoración, ofrendas, invocaciones o rituales dirigidos a otros dioses, espíritus, imágenes o fuerzas espirituales.
No debemos participar activamente en:
Invocaciones a muertos o espíritus.
Ofrendas religiosas a ídolos.
Rituales supersticiosos.
Consultas espiritistas.
Danzas ofrecidas como adoración a otros dioses.
Juramentos religiosos contrarios a Cristo.
Celebraciones cuyo propósito principal sea honrar una deidad falsa.
Asistir como observador por una razón familiar, educativa o cultural no siempre equivale a participar en la adoración. Sin embargo, debe evitarse toda acción que comunique aprobación espiritual o comunión religiosa.
No debemos llamar diversión a lo que Dios llama pecado
Isaías 5:20:
“¡Ay de los que á lo malo dicen bueno, y á lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”
La sociedad puede cambiar los nombres del pecado. Puede llamar libertad a la inmoralidad, diversión a la embriaguez, expresión personal a la sensualidad y tradición a la idolatría.
Pero cambiar las palabras no cambia la naturaleza de la conducta.
El creyente debe juzgar según la Palabra de Dios y no según la popularidad de una práctica.
Las malas compañías pueden debilitar las buenas costumbres
1 Corintios 15:33:
“No erréis: las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.”
La compañía influye. Una persona puede asistir pensando que no participará, pero poco a poco acostumbrarse al ambiente, bajar sus límites y terminar imitando lo que antes rechazaba.
Esto no significa que debamos aislarnos completamente de quienes no son cristianos. Jesús se relacionó con pecadores para llamarlos al arrepentimiento. Pero existe una diferencia entre acercarse para ser luz y participar en su mismo desenfreno.
El cristiano debe preguntarse: ¿Estoy influyendo para el bien o estoy siendo arrastrado hacia el pecado?
No debemos sentarnos voluntariamente con quienes celebran la maldad
Salmos 1:1-2:
“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.”
El salmista describe una progresión: andar, detenerse y finalmente sentarse. La cercanía constante con ambientes pecaminosos puede producir comodidad y pertenencia.
El creyente debe evitar convertirse en participante habitual de lugares donde el pecado es la principal forma de entretenimiento.
No se trata de despreciar a las personas, sino de proteger el corazón y mantener un testimonio claro.
Debemos huir de la tentación, no demostrar cuánto resistimos
2 Timoteo 2:22:
“Huye también los deseos juveniles; y sigue la justicia, la fe, la caridad, la paz, con los que invocan al Señor de puro corazón.”
La Biblia no manda acercarse a la tentación para probar fortaleza. Manda huir.
Una persona que tuvo problemas con alcohol, drogas, inmoralidad o fiestas descontroladas no debe volver innecesariamente al mismo ambiente pensando que ahora puede dominarlo.
Evitar ciertos lugares no es cobardía. Es sabiduría y reconocimiento humilde de la propia debilidad.
Nuestro cuerpo pertenece al Señor
1 Corintios 6:19-20:
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque comprados sois por precio: glorificad pues á Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”
El cuerpo del cristiano no debe utilizarse para emborracharse, consumir drogas, bailar sensualmente, cometer inmoralidad o participar en actos degradantes.
Antes de asistir a una celebración debemos preguntarnos: ¿Podré glorificar a Dios con mi cuerpo, mis palabras y mis decisiones en ese lugar?
Si la respuesta es negativa, no debemos ir.
Todo debe hacerse para la gloria de Dios
1 Corintios 10:31:
“Si pues coméis, ó bebéis, ó hacéis otra cosa, hacedlo todo á gloria de Dios.”
Este principio se aplica a cada celebración. Comer, beber, conversar y alegrarse pueden hacerse para la gloria de Dios cuando permanecen dentro de la pureza, la gratitud y el dominio propio.
Una fiesta compatible con la fe debe permitir:
Agradecer a Dios.
Mantener una conciencia limpia.
Respetar el cuerpo.
Proteger el matrimonio.
Evitar la embriaguez.
Hablar sanamente.
Tratar a todos con dignidad.
Regresar sin vergüenza.
Conservar un buen testimonio.
Si una actividad no puede hacerse para la gloria de Dios, debe abandonarse.
No debemos usar la libertad como ocasión para la carne
Gálatas 5:13:
“Porque vosotros, hermanos, á libertad habéis sido llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión á la carne, sino servíos por amor los unos á los otros.”
Algunas personas dicen: “La Biblia no menciona esta fiesta por nombre” o “Soy libre en Cristo”. Pero la libertad cristiana no es permiso para alimentar la carne.
No necesitamos encontrar el nombre exacto de cada celebración moderna en la Biblia. Basta con examinar sus prácticas mediante los principios de santidad, dominio propio, pureza, amor y testimonio.
Debemos respetar la conciencia cristiana
Romanos 14:22-23:
“¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena á sí mismo con lo que aprueba. Mas el que hace diferencia, si comiere, es condenado, porque no lo hizo por fe: y todo lo que no es de fe, es pecado.”
Existen celebraciones que no son claramente inmorales en sí mismas, pero pueden producir conflicto de conciencia en algunos creyentes.
Cuando una persona no puede participar con fe y paz delante de Dios, no debe hacerlo. Ignorar repetidamente la conciencia puede endurecerla.
Sin embargo, tampoco debemos condenar a otro creyente solamente porque participa en una celebración legítima de manera limpia y responsable.
La conciencia debe formarse mediante la Palabra, no únicamente mediante costumbres familiares o tradiciones religiosas.
No debemos juzgar por nombres o fechas solamente
Romanos 14:5-6:
“Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté asegurado en su ánimo. El que hace caso del día, hácelo para el Señor; y el que no hace caso del día, no lo hace para el Señor.”
Algunas personas consideran ciertas fechas especiales, mientras otras no. La Biblia permite diferencias de conciencia en asuntos que no implican pecado directo.
Por eso, no toda celebración es mundana únicamente por:
Su fecha.
Su origen histórico remoto.
Una costumbre cultural.
La presencia de comida o música.
El hecho de que participen personas no cristianas.
Debe examinarse la práctica actual, su significado real y la manera en que la persona participa.
No debemos inventar pecados donde la Escritura no los establece claramente. Pero tampoco debemos utilizar la libertad de conciencia para justificar embriaguez, inmoralidad o idolatría.
Una fiesta familiar puede requerir límites
Es posible que un cristiano sea invitado a una reunión familiar donde no todas las actividades sean correctas. En algunos casos puede asistir por un tiempo para honrar a la familia, conversar y mostrar afecto, pero retirarse antes de que comience el desorden.
Puede establecer límites como:
No beber alcohol.
No participar en bailes sensuales.
No cantar letras obscenas.
No permanecer cuando comienza la embriaguez.
No participar en rituales idolátricos.
No permitir que los hijos queden expuestos a escenas inmorales.
Disponer de transporte propio para retirarse.
Informar con respeto las convicciones personales.
No siempre es necesario confrontar públicamente a todos. Un testimonio firme, respetuoso y coherente puede hablar con claridad.
Ser luz no significa participar en las tinieblas
Efesios 5:8-11:
“Porque en otro tiempo erais tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor: andad como hijos de luz, porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, y justicia, y verdad; aprobando lo que es agradable al Señor. Y no comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas; sino antes bien redargüidlas.”
Algunos justifican asistir a fiestas descontroladas diciendo que desean evangelizar. El deseo de alcanzar a otros puede ser bueno, pero no debe convertirse en excusa para participar en las mismas obras.
Ser luz significa conservar una diferencia visible. Si el creyente bebe, baila, habla y actúa como todos los demás, su presencia ya no comunica transformación.
Evangelizar en ambientes difíciles requiere madurez, propósito claro y límites firmes. No todas las personas están preparadas para hacerlo sin caer.
Debemos considerar nuestro testimonio
1 Pedro 2:12:
“Teniendo vuestra conversación honesta entre los Gentiles; para que, en lo que ellos murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen á Dios en el día de la visitación, estimándoos por las buenas obras.”
Nuestro comportamiento puede fortalecer o debilitar el mensaje que predicamos.
Una persona que habla de santidad, pero aparece embriagada, participando en sensualidad o celebrando inmoralidad, produce confusión y tropiezo.
Esto no significa vivir esclavizados por la opinión de todos. Significa evitar conductas que contradigan claramente nuestra confesión de fe.
Los padres deben proteger y enseñar a sus hijos
Deuteronomio 6:6-7:
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: y las repetirás á tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.”
Los padres no deben llevar a sus hijos a ambientes de embriaguez, sensualidad, violencia o consumo de drogas. Tampoco deben enseñarles que estas prácticas son normales mientras esperan que en el futuro vivan en santidad.
Deben explicarles:
Por qué algunas celebraciones son sanas y otras no.
Cómo identificar la presión social.
Por qué la embriaguez es peligrosa.
Cómo negarse con respeto.
Cuándo deben retirarse.
Cómo divertirse sin pecar.
Que la santidad no es tristeza.
Que pueden tener alegría verdadera en Cristo.
Prohibir sin explicar puede producir rebeldía. Enseñar principios ayuda a formar convicciones propias.
La iglesia debe ofrecer comunión sana
Hechos 2:46-47:
“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y con sencillez de corazón, alabando á Dios, y teniendo gracia con todo el pueblo.”
La vida cristiana no debe presentar solamente prohibiciones. La iglesia puede ofrecer espacios de alegría, amistad, comida, música sana, juegos, servicio y comunión.
Los creyentes necesitan experimentar que es posible celebrar sin emborracharse, convivir sin obscenidad y divertirse sin perder la dignidad.
La santidad no elimina la alegría; la limpia y la dirige hacia lo que verdaderamente edifica.
Señales de que una fiesta no es conveniente
Un creyente debería evitar una celebración cuando:
El propósito principal es emborracharse.
Habrá drogas o prácticas ilegales.
El ambiente está diseñado para la sensualidad.
Se realizan rituales idolátricos.
Se promueve la infidelidad.
Las letras y conversaciones son continuamente obscenas.
Existe violencia frecuente.
La persona sabe que probablemente caerá.
Debe ocultar su asistencia.
No puede llevar allí a creyentes maduros sin vergüenza.
Su presencia dañará a su cónyuge o familia.
Debe desobedecer a Dios para ser aceptado.
Ya prometió abandonar ese ambiente.
La conciencia le reprocha claramente.
Asiste por temor al rechazo y no por convicción.
Qué hacer cuando nos invitan
El creyente puede responder con respeto y firmeza:
Agradecer la invitación.
Preguntar qué actividades habrá.
Asistir solamente a la parte familiar o formal.
Explicar brevemente sus límites.
Retirarse cuando comience el desorden.
Rechazar sin insultar ni actuar con superioridad.
Proponer una reunión alternativa y sana.
Mantener amistad sin participar en el pecado.
Orar por quienes asistirán.
Aprovechar oportunidades naturales para dar testimonio.
No debemos despreciar a las personas que participan. Nosotros también necesitamos la gracia de Dios. La separación bíblica no es orgullo, sino obediencia y protección espiritual.
Qué hacer si ya hemos participado
1 Juan 1:9:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.”
Quien ha caído en embriaguez, sensualidad, drogas o inmoralidad no debe esconderse ni desesperarse. Debe confesar específicamente lo que hizo y apartarse.
El arrepentimiento puede incluir:
Dejar de asistir a esos lugares.
Cortar contactos que presionan para pecar.
Eliminar alcohol o sustancias.
Pedir perdón al cónyuge o familia.
Reconocer públicamente el mal testimonio cuando sea necesario.
Buscar ayuda pastoral.
Buscar tratamiento profesional si existe adicción.
Establecer límites de horarios y transporte.
Encontrar amistades cristianas sanas.
Restituir daños causados.
No minimizar la caída diciendo que todos lo hacen.
Cómo abandonar las fiestas mundanas
El creyente debe:
Reconocer qué ambientes alimentan su carne.
Dejar de justificar el pecado como diversión.
Rechazar invitaciones que ponen en peligro su santidad.
Alejarse de amistades que solamente buscan llevarlo al desorden.
Evitar la embriaguez y las drogas.
Cuidar la música y el contenido que consume.
Rechazar bailes y conductas sensuales.
No participar en idolatría.
Establecer una hora para retirarse.
Mantener transparencia con su familia.
Buscar reuniones sanas.
Fortalecer su comunión con creyentes.
Llenarse de la Palabra y del Espíritu.
Aprender a disfrutar sin pecar.
Recordar que su cuerpo pertenece a Cristo.
Hacer todo para la gloria de Dios.
La verdadera alegría se encuentra en Dios
Salmos 16:11:
“Me mostrarás la senda de la vida: hartura de alegrías hay con tu rostro; deleites en tu diestra para siempre.”
El mundo presenta la santidad como una vida triste y aburrida. Pero Dios es la fuente de la alegría verdadera.
Las fiestas mundanas ofrecen placer momentáneo y muchas veces dejan vacío, culpa y dolor. La presencia de Dios produce una alegría limpia, profunda y duradera.
El cristiano no abandona el desenfreno porque odia la alegría, sino porque ha encontrado una alegría mejor en Cristo.
Conclusión
No debemos celebrar fiestas mundanas cuando están dominadas por embriaguez, sensualidad, inmoralidad, drogas, violencia, obscenidad, idolatría o pérdida del dominio propio.
La Biblia no condena toda celebración. Una boda, cumpleaños, reunión familiar o momento de alegría puede honrar a Dios cuando se realiza con gratitud, pureza y orden.
El creyente debe evaluar cada fiesta según sus prácticas y no solamente según su nombre. Debe preguntarse si puede glorificar a Dios, conservar una conciencia limpia y mantener un buen testimonio.
No debemos utilizar la libertad cristiana como ocasión para la carne, pero tampoco convertir preferencias personales en leyes universales. En asuntos discutibles debe existir conciencia, humildad y respeto; en asuntos claramente pecaminosos debe existir firmeza.
Ser luz no significa participar en las tinieblas. Podemos amar a familiares y amigos, visitarlos y dar testimonio sin unirnos a su desenfreno.
Quien ha participado en fiestas mundanas debe arrepentirse, abandonar esos ambientes y buscar comunión sana. Cristo ofrece perdón y una alegría superior, libre de vergüenza, esclavitud y destrucción.
La verdadera celebración cristiana no necesita embriaguez ni inmoralidad. Puede estar llena de gratitud, amistad, música sana, comida, alegría y alabanza, haciendo todo para la gloria de Dios.
Burlarse consiste en ridiculizar, imitar, despreciar o utilizar las debilidades, errores, características o sufrimientos de otra persona para provocar risa. La burla puede expresarse mediante palabras, gestos, apodos, imitaciones, fotografías, publicaciones, memes o comentarios aparentemente humorísticos.
La Biblia condena la burla cuando nace del orgullo, busca humillar, destruye la dignidad del prójimo o disfruta de su sufrimiento. Dios no creó nuestra boca para herir, sino para comunicar verdad, gracia y edificación.
No toda broma es pecado. Puede existir humor sano entre personas que se respetan. El problema comienza cuando alguien se divierte a costa de la vergüenza, inseguridad, dolor o humillación de otro.
Versículo principal
Proverbios 17:5:
“El que escarnece al pobre, afrenta á su Hacedor: Y el que se alegra en la calamidad, no quedará sin castigo.”
Quien se burla de una persona por su pobreza, apariencia o condición no está despreciando solamente a un ser humano. Está ofendiendo al Dios que lo creó.
Cada persona lleva la dignidad de haber sido hecha por Dios. Por eso, convertir sus limitaciones o sufrimientos en entretenimiento revela desprecio hacia su Creador.
El mismo versículo condena alegrarse de la calamidad ajena. No debemos celebrar cuando alguien cae, fracasa, es avergonzado o recibe una desgracia, aunque esa persona no nos agrade.
La burla nace frecuentemente del orgullo
Proverbios 21:24:
“Soberbio y presuntuoso escarnecedor es el nombre del que obra con orgullosa saña.”
El escarnecedor se siente superior. Utiliza la burla para elevarse a sí mismo rebajando a otra persona.
La burla puede parecer seguridad, pero muchas veces es una forma de orgullo o inseguridad. La persona busca aprobación haciendo reír a otros, demostrando que tiene poder para avergonzar a alguien.
La burla orgullosa puede aparecer cuando una persona ridiculiza:
La apariencia física.
La voz o manera de hablar.
El peso o la estatura.
La forma de caminar.
Una discapacidad.
La pobreza.
El nivel educativo.
El origen cultural.
Los errores cometidos.
La timidez.
La edad.
Una enfermedad.
La forma de vestir.
Los problemas familiares.
La fe o las convicciones.
El cristiano no debe sentirse superior por sus capacidades, conocimientos, salud o posición. Todo lo que posee lo ha recibido por gracia.
Las palabras pueden herir profundamente
Proverbios 12:18:
“Hay quienes hablan como dando estocadas de espada: Mas la lengua de los sabios es medicina.”
Una burla puede durar pocos segundos, pero su herida puede permanecer muchos años. Algunas personas todavía recuerdan apodos, imitaciones y palabras crueles que recibieron durante la infancia.
El burlador puede afirmar: “Solamente estaba jugando”, pero la intención humorística no elimina automáticamente el daño.
La lengua puede ser espada o medicina. El creyente debe preguntarse si sus palabras están ayudando a sanar o provocando heridas.
Proverbios 18:21:
“La muerte y la vida están en poder de la lengua; Y el que la ama comerá de sus frutos.”
Las palabras pueden fortalecer a una persona o destruir su ánimo. Pueden ayudarla a reconocer su valor delante de Dios o hacer que se sienta despreciable.
Por eso, debemos tomar seriamente lo que decimos, publicamos y compartimos.
El cristiano debe hablar para edificar
Efesios 4:29:
“Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, para que dé gracia á los oyentes.”
Antes de hablar, el creyente debe considerar si sus palabras edifican. Edificar no significa decir solamente cosas agradables; también puede incluir corregir con verdad. Sin embargo, aun la corrección debe buscar el bien y la restauración de la persona.
La burla no corrige. Generalmente expone, avergüenza y destruye.
Una palabra no es correcta solamente porque sea verdadera. Podemos utilizar un defecto real, un error verdadero o una situación conocida con la intención pecaminosa de humillar.
La verdad debe expresarse con amor, prudencia y un propósito santo.
Colosenses 4:6:
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal; para que sepáis cómo os conviene responder á cada uno.”
La palabra cristiana debe tener gracia. Esto excluye la crueldad disfrazada de sinceridad y el desprecio disfrazado de humor.
No debemos humillar por la apariencia
1 Samuel 16:7:
“Y Jehová respondió á Samuel: No mires á su parecer, ni á lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová mira no lo que el hombre mira; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón.”
Los seres humanos suelen juzgar rápidamente por la apariencia. Se burlan de quienes no cumplen los modelos sociales de belleza, fuerza, juventud o elegancia.
Dios, en cambio, mira el corazón.
El cuerpo de una persona no debe convertirse en material para bromas. Burlarse del peso, rostro, cabello, color de piel, estatura o alguna condición física puede producir vergüenza y rechazo hacia el cuerpo que Dios le dio.
No sabemos las luchas que una persona enfrenta detrás de su apariencia. Una broma sobre el peso puede herir a alguien que lucha con una enfermedad. Una imitación de la forma de hablar puede avergonzar a quien tiene una dificultad que no puede controlar.
No debemos burlarnos de las personas con discapacidad
Levítico 19:14:
“No maldigas al sordo, y delante del ciego no pongas tropiezo, mas tendrás temor de tu Dios: Yo Jehová.”
Dios protege especialmente a quienes pueden encontrarse en una situación vulnerable. No debemos aprovechar una discapacidad para reírnos, engañar o dificultar la vida de alguien.
Burlarse de una persona por una discapacidad física, intelectual, sensorial o del habla contradice el temor de Dios.
El hecho de que alguien no pueda escuchar una burla no significa que sea aceptable pronunciarla. Dios sí la escucha.
El cristiano debe tratar a las personas con discapacidad con respeto, inclusión y paciencia, sin desprecio ni compasión humillante.
Los niños y jóvenes no deben ser enseñados a burlarse
Efesios 6:4:
“Y vosotros, padres, no provoquéis á ira á vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.”
Los padres no deben utilizar la burla para corregir a sus hijos. Ridiculizarlos por sus errores, apariencia, temores o dificultades puede provocar ira, resentimiento y una profunda inseguridad.
Tampoco deben reír cuando sus hijos imitan cruelmente a otras personas. Lo que parece una travesura pequeña puede convertirse en un carácter burlón y arrogante.
Los niños deben aprender a:
Respetar las diferencias.
Defender a quien está siendo humillado.
No utilizar apodos ofensivos.
Pedir perdón cuando hieren.
No compartir fotografías vergonzosas.
No convertir los errores ajenos en entretenimiento.
Tratar a los demás como desean ser tratados.
La corrección debe enseñar, no destruir la dignidad.
La burla grupal aumenta la crueldad
Éxodo 23:2:
“No seguirás á los muchos para mal hacer.”
Muchas burlas ocurren porque un grupo comienza a reírse y otros lo siguen para ser aceptados. Una persona puede participar aunque interiormente sepa que aquello es cruel.
El cristiano no debe seguir a la multitud para hacer daño. Debe tener valor para detener la burla, cambiar la conversación o defender a la persona humillada.
Reírse también puede convertirnos en participantes. Aunque no hayamos creado el apodo o comentario, nuestra risa anima al burlador a continuar.
No debemos apoyar el pecado solamente para evitar quedar fuera del grupo.
Burlarse en redes sociales también es pecado
La tecnología no cambia los principios de Dios. Publicar una burla puede multiplicar el daño porque muchas personas pueden verla, copiarla y compartirla.
La burla digital incluye:
Publicar fotografías vergonzosas sin permiso.
Crear memes sobre una persona conocida.
Compartir errores para provocar risa.
Editar videos para ridiculizar.
Escribir comentarios humillantes.
Divulgar mensajes privados.
Utilizar cuentas anónimas para insultar.
Reírse de accidentes o desgracias.
Convertir el sufrimiento de alguien en contenido.
Mateo 12:36:
“Mas yo os digo, que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.”
Lo que escribimos también comunica palabras de las que somos responsables. El anonimato puede ocultarnos delante de otras personas, pero no delante de Dios.
Antes de compartir algo, debemos preguntarnos si aceptaríamos que publicaran lo mismo sobre nosotros.
No debemos alegrarnos de la vergüenza o caída ajena
Proverbios 24:17-18:
“Cuando cayere tu enemigo, no te huelgues; Y cuando tropezare, no se alegre tu corazón: No sea que Jehová lo mire, y le desagrade, Y aparte de sobre él su enojo.”
Dios prohíbe alegrarse incluso cuando quien cae es nuestro enemigo. Mucho menos debemos celebrar el fracaso de un amigo, hermano o desconocido.
La burla puede aparecer cuando una persona:
Comete un error público.
Tropieza o cae físicamente.
Pronuncia mal una palabra.
Pierde un trabajo.
Fracasa en un proyecto.
Es rechazada.
Tiene problemas matrimoniales.
Recibe disciplina.
Pasa vergüenza delante de otros.
El amor no se goza del dolor ajeno.
1 Corintios 13:6:
“No se huelga de la injusticia, mas se huelga de la verdad.”
Si el sufrimiento de otra persona produce satisfacción en nosotros, debemos examinar el estado de nuestro corazón.
La burla puede esconder odio y resentimiento
Proverbios 26:18-19:
“Como el que enloquece, y echa llamas y saetas y muerte, tal es el hombre que engaña á su amigo, y dice: Ciertamente lo hice por broma.”
Este pasaje muestra que decir “era una broma” no elimina la responsabilidad. Una persona puede causar daño grave y luego intentar evitar las consecuencias afirmando que no hablaba en serio.
El humor puede utilizarse para expresar indirectamente:
Resentimiento.
Envidia.
Celos.
Desprecio.
Racismo.
Clasismo.
Rechazo.
Deseos de venganza.
Cuando alguien reclama, el burlador puede acusarlo de ser demasiado sensible. Pero el cristiano no debe utilizar la sensibilidad de la víctima como excusa para su propia crueldad.
Si una broma hiere repetidamente, debe abandonarse.
Los apodos pueden convertirse en una forma de humillación
No todo apodo es ofensivo. Algunos expresan cariño y son aceptados voluntariamente. Pero cuando un apodo se basa en un defecto, produce vergüenza o continúa después de que la persona ha pedido que se detenga, deja de ser una expresión amistosa.
El amor respeta los límites.
Lucas 6:31:
“Y como queréis que os hagan los hombres, así hacedles también vosotros.”
No debemos llamar a alguien de una manera que nosotros no aceptaríamos. Si la persona muestra incomodidad, debemos respetarla sin burlarnos nuevamente por haberse sentido herida.
Burlarse de la fe y de las cosas santas es grave
Gálatas 6:7:
“No os engañéis: Dios no puede ser burlado: que todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.”
Dios es paciente, pero no debe ser tratado con desprecio. Burlarse deliberadamente de su nombre, su Palabra y sus mandamientos revela irreverencia.
Esto incluye utilizar las cosas santas solamente para provocar risa, banalizar el pecado o ridiculizar la obediencia a Dios.
Sin embargo, los cristianos tampoco deben responder con violencia cuando su fe es objeto de burla. Deben defender la verdad con firmeza y mansedumbre.
1 Pedro 3:15-16:
“Sino santificad al Señor Dios en vuestros corazones, y estad siempre aparejados para responder con mansedumbre y reverencia á cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia.”
La respuesta cristiana no debe imitar la crueldad del burlador.
Jesús también fue objeto de burlas
Mateo 27:27-31:
“Entonces los soldados del presidente llevaron á Jesús al pretorio, y juntaron á él toda la cuadrilla; y desnudándole, le echaron encima un manto de grana; y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; é hincando la rodilla delante de él, le burlaban, diciendo: ¡Salve, Rey de los Judíos! Y escupiendo en él, tomaron la caña, y le herían en la cabeza. Y después que le hubieron escarnecido, le desnudaron el manto, y le vistieron de sus vestidos, y le llevaron para crucificarle.”
Jesús conoce el dolor de ser ridiculizado públicamente. Los soldados utilizaron su identidad de Rey como motivo de burla. Lo imitaron, lo golpearon y lo humillaron.
Cuando nos burlamos del débil, nos acercamos al comportamiento de quienes escarnecieron a Cristo, no al carácter del Salvador.
Jesús soportó aquella humillación sin responder con odio. Su ejemplo enseña paciencia, pero no justifica la crueldad de los agresores.
La corrección no debe convertirse en burla
Gálatas 6:1:
“Hermanos, si alguno fuere tomado en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con el espíritu de mansedumbre; considerándote á ti mismo, porque tú no seas también tentado.”
Cuando alguien peca o enseña un error, puede ser necesario corregirlo. Pero la meta bíblica es restaurar, no convertirlo en objeto de entretenimiento.
La corrección deja de ser bíblica cuando:
Imita cruelmente a la persona.
Exagera sus defectos para provocar risa.
Publica su error sin necesidad.
Utiliza insultos.
Ataca su apariencia.
Se alegra de su caída.
Busca destruir su reputación más que corregir la enseñanza.
Continúa humillándolo después de su arrepentimiento.
Podemos refutar una idea sin degradar a quien la sostiene. La verdad no necesita crueldad para ser defendida.
El humor sano no busca destruir
La Biblia no condena la alegría ni toda forma de humor. Existe una diferencia entre reír juntos y reírse cruelmente de alguien.
El humor sano:
No humilla.
No utiliza secretos.
No toca heridas profundas.
No se basa en racismo o desprecio.
Se detiene cuando alguien se siente incómodo.
Puede incluir a todos sin convertir a uno en víctima.
No celebra el pecado.
No daña el testimonio cristiano.
La burla pecaminosa busca superioridad y deja a otra persona avergonzada.
Una regla útil es preguntar: ¿La persona se ríe conmigo o todos se están riendo de ella?
Qué hacer cuando hemos herido con una burla
Mateo 5:23-24:
“Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente.”
Quien ha herido mediante una burla no debe limitarse a decir: “No fue mi intención”. Debe reconocer el daño y procurar reconciliación.
Debe:
Admitir exactamente lo que hizo.
No culpar a la víctima por sentirse herida.
Pedir perdón sin excusas.
Eliminar publicaciones o contenido ofensivo.
Corregir públicamente si la humillación fue pública.
Detener el uso de apodos ofensivos.
Defender a la persona si otros continúan burlándose.
Cambiar su manera de hablar.
Restituir la reputación dañada cuando sea posible.
Una disculpa sincera no dice: “Perdóname si te ofendiste”. Dice: “Lo que dije fue cruel y estuvo mal. Te pido perdón”.
Qué hacer cuando somos objeto de burlas
La persona burlada no debe creer que su valor está determinado por las palabras de quienes la ridiculizan. Su dignidad procede de Dios.
Salmos 139:13-14:
“Porque tú poseíste mis riñones; cubrísteme en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras: Estoy maravillado, y mi alma lo conoce mucho.”
También puede:
Decir claramente que la conducta debe detenerse.
Alejarse de ambientes de humillación constante.
Hablar con padres, maestros, líderes o autoridades.
Guardar pruebas cuando la burla ocurre en línea.
Bloquear cuentas agresoras.
Buscar apoyo de personas confiables.
No responder con otra burla.
Perdonar sin negar lo sucedido.
Recordar que establecer límites no es falta de amor.
Perdonar no obliga a mantener una amistad íntima con quien continúa humillando y no muestra arrepentimiento.
Debemos defender a quien está siendo ridiculizado
Proverbios 31:8-9:
“Abre tu boca por el mudo, en el juicio de todos los hijos de muerte. Abre tu boca, juzga justicia, y el derecho del pobre y del menesteroso.”
El cristiano no debe permanecer pasivo cuando alguien es humillado. Puede intervenir con calma, detener la conversación, acompañar a la víctima y señalar que la conducta no es correcta.
Defender no significa iniciar una pelea. Significa utilizar nuestra influencia para frenar el daño.
A veces, una sola persona que se niega a reír puede cambiar por completo el ambiente.
Cómo abandonar la costumbre de burlarse
La persona debe:
Reconocer que la burla cruel es pecado.
Examinar el orgullo o resentimiento que la produce.
Dejar de utilizar defectos como entretenimiento.
Controlar sus palabras antes de hablar.
Evitar grupos que celebran la humillación.
No compartir contenido ofensivo.
Pedir permiso antes de publicar fotografías de otros.
Respetar cuando alguien pide que una broma termine.
Pedir perdón a quienes ha herido.
Corregir públicamente el daño público.
Practicar palabras de ánimo.
Aprender a reír sin destruir.
Defender a quienes son ridiculizados.
Recordar que cada persona fue creada por Dios.
Pedir al Señor una lengua sabia y misericordiosa.
El creyente debe revestirse de bondad
Colosenses 3:12-14:
“Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia; sufriéndoos los unos á los otros, y perdonándoos los unos á los otros si alguno tuviere queja del otro: de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de caridad, la cual es el vínculo de la perfección.”
La burla se alimenta del orgullo; la bondad nace de la humildad. Cuando recordamos cuánto nos ha perdonado Cristo, dejamos de utilizar los defectos de otros para sentirnos superiores.
El creyente debe ser conocido por su misericordia, mansedumbre y amor, no por su capacidad para avergonzar.
Conclusión
No debemos burlarnos porque cada persona fue creada por Dios y posee una dignidad que debe respetarse.
La burla puede parecer divertida para quien la pronuncia, pero actuar como una espada para quien la recibe. Decir que fue una broma no elimina el daño ni la responsabilidad.
El cristiano no debe ridiculizar la apariencia, discapacidad, pobreza, edad, errores, origen, voz o sufrimientos de nadie. Tampoco debe alegrarse cuando un enemigo cae ni utilizar las redes sociales para multiplicar una humillación.
Corregir no es lo mismo que burlarse. La corrección bíblica busca restauración; la burla busca vergüenza y superioridad.
Quien ha herido debe pedir perdón, reparar el daño y cambiar su manera de hablar. Quien ha sido burlado puede establecer límites, buscar ayuda y recordar que su valor procede de Dios, no de las opiniones crueles de otros.
Nuestra boca fue creada para bendecir, enseñar, consolar y comunicar gracia. Por eso, debemos abandonar la burla y utilizar nuestras palabras para dar vida, defender al débil y reflejar el carácter misericordioso de Cristo.